MANUEL VIERA

Merece la pena esperar

miércoles, 31 de julio de 2019 08:00
miércoles, 31 de julio de 2019 08:00

¿Qué importa no ser una maquina de cosechar triunfos si se es capaz de entusiasmar a toda una plaza con sólo veinte muletazos? Ese futuro lento que no dejamos de desear sigue siendo el objetivo a alcanzar, y no la urgente necesidad de cortar orejas en cada una de las tardes. Aún no hay reproches para su hacer, pero sí la advertencia de que todo es posible si la trayectoria se atasca y deja de ser creciente. Sabios por doquier que en el mundo del toro no se hacen invisibles en las redes sociales. Conjeturas que quedarán interrumpidas bruscamente con el necesario aldabonazo que ha de venir.

Pese a ello, no hay quien recree en comentarios las excelencias de quien abrió al toreo las puertas de ese otro mundo tan transparente como distinto. Tan inteligentemente construido que hace que una verónica o un natural adquieran cualidades sorpresivas. La belleza emotiva, que convulsiona sentidos, de quien se hizo patente en la Maestranza de Sevilla y Las Ventas de Madrid. La sinceridad, la fuerza del toreo, naciendo ante miles de ojos. La sensibilidad de un torero sevillano que hace gozar con unas formas de gigantesca transcendencia.

No hay foro, ni tertulia, que no asuman la realidad de un toreo, desarrollado en la anormalidad de una lidia, capaz de generar una tauromaquia de tan enorme frescura. No hay debate, ni coloquio que no se apropie de las formas de un torero que prescinde de los tópicos del arte y convierte su creación en el ruedo en un singular relato -al que le pone letra y música- con el que encandila al público en los tendidos.

Pablo Aguado demuestra que el toreo se fundamenta en la naturalidad con la que interpreta los misterios y realidades de una tauromaquia asumida como forma de vida. Un modo poético y poco habitual de torear y hacer gozar.

Estamos pues ante un toreo emocionado y sencillo, de tono añejo, y, al mismo tiempo, lleno de guiños al pasado. Con él se redescubre la esencia de la lidia en las exquisiteces de siempre. En la sencillez y espontaneidad con la que ha vuelto a brotar la emoción. Merece la pena esperar.     

 

           

 

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Indiferencia

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