CARLOS BUENO

El toreo puro no es una moda

martes, 14 de mayo de 2019 10:27
martes, 14 de mayo de 2019 10:27

El valor, en el toreo, se presupone, como si de una ley inquebrantable se tratase. No es lógico pensar que a un medroso se le ocurra ser matador. Y partiendo de ese principio, pretender demostrar en el ruedo una desmesurada valentía es un ejercicio que puede incluso invadir el mal gusto.

El torero debe huir tanto de provocar lástima como de hacer uso de parafernalias aparentes. Es decir, que alguien que es capaz de enfrentarse libremente a la muerte ha de comportarse como el héroe que es sin ansiar la compasión del público ante los fracasos y, a la vez, ha de procurar la pureza y la verdad en sus actos sin llevar a cabo alardes innecesarios esperando el aplauso fácil del público más generoso.

Los aspavientos, las muecas, los desplantes efectistas, los gestos exagerados, los gritos… muchas veces sólo son pruebas de un miedo evidente que se intenta espantar con ademanes chabacanos impropios de cualquier arte. Afirmaba José Bergamín que “el peor truco del torero es la valentía”, que aquel que intenta mostrarse como un valiente extraordinario es en realidad un tramposo. Yo pienso que es lícito que cada cual utilice sus mejores armas para llegar al tendido. Aunque sin duda soy de la opinión de que la tauromaquia ha subsistido y sólo seguirá perviviendo gracias al toreo bueno, al desnudo, al que muestra la verdad y estremece de forma inexplicable a propios y extraños sin necesidad de oropeles que lo adornen. Si el toreo sólo fuese un espectáculo ya hubiera dejado de existir. 

Por eso es tan importante que una liturgia mística y sagrada ampare el rito taurino y que la pureza sea la base de su emoción. Las modas cambian, pero el toreo puro no es una moda, es una verdad que no muta, que es eterna. Lo demostró Pablo Aguado en la pasada Feria de Abril de Sevilla con su naturalidad, su transparencia, su total abandono, la tan difícil facilidad que transmitía, su ortodoxa colocación que propiciaba la fusión de toro y torero en un ballet mágico, su valor, tan real como desamparado de justificaciones superfluas… Cuanto llevó a cabo sobre el albero maestrante ralló la catalogación de conjuro insondable y embelesó a todos y cada uno de los espectadores de su obra, tan simple como maravillosa, tan sencilla como inalcanzable. Sin duda el toreo eterno siempre estará de moda.

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