CARLOS BUENO

Con los pelos de punta 30 años después

Hace un momento que me ha llamado mi amigo José Domingo. Ya hace años que lo dejó...
martes, 11 de junio de 2019 07:31
martes, 11 de junio de 2019 07:31

Hace un momento que me ha llamado mi amigo José Domingo. Ya hace años que lo dejó. Fue banderillero después de un tiempo en el que se enfundó el chispeante dorado ilusionado en abrirse paso en el escalafón novilleril. Como suele suceder en la mayoría de casos José Domingo no lo consiguió. Recuerdo vagamente aquella etapa suya. No me parecía que tuviese el valor del Espartero, pero de vez en cuando sorprendía con una esencia inesperada. Lo que ocurre es que la esencia en los novilleros no tiene buena cotización a no ser que vaya acompañada de una mínima regularidad en el éxito.

De aquello hace ya más de 30 años, y ahora en su pueblo van a montar una exposición taurina y se han acordado de él. El bueno de José Domingo se ha puesto a buscar fotos y entre las instantáneas que guarda en el baúl de los recuerdos ha encontrado unas cintas de vídeo que tenía olvidadas. Le ha faltado tiempo para conectar su vetusto VHS y verse de nuevo tres décadas después. De inmediato me ha llamado para decirme que ahora sabe por qué no funcionó. “Porque era muy malo”, me ha confesado. “Pero tenía algo diferente”, se ha apresurado en añadir; “cuando estaba inspirado tenía duende, como Curro”, ha sentenciado.

Yo no me atrevería a decir que la comparación es la mejor, pero sí que es verdad que José Domingo tenía detalles caros en sus formas, de los que se poseen por gracia divina o no se aprenden. No era un dechado de oficio pero a personalidad no le ganaban fácilmente. “Quizá con un poco de ayuda…”, se lamentaba. Si con apoyo se hubiese puesto en circulación ya nunca lo sabremos.

Lo que parece evidente es que en el arte del toreo imperan las estadísticas, y en especial en el escalafón de novilleros donde las fichas se imponen a las crónicas. O puntúas o te queda en casa. “Ahora hay chavales que cortan un rabo y al momento no te acuerdas de nada de lo que han hecho, no dejan huella”, me ha explicado José Domingo. Y pienso que tiene razón. Hoy se torea mejor que nunca, sobre todo a edades más tempranas. Las benditas escuelas y los vídeos pulen a los aprendices de toreros. Cualquier incipiente alumno maneja los trastos de forma primorosa. Se les enseña la técnica y corrigen defectos viéndose en imágenes que les graban sus familiares y amigos. Pero el alma no se inculca ni aparece en los vídeos. Se tiene o no se tiene, se pone o no se pone.

José Domingo tenía pellizco, sabor, esencia… pero eso no se anota en las frías fichas de los festejos. A pesar de que pisó plazas de la entidad de Valencia, Córdoba, Sevilla o Jerez, de que cortó una oreja en Madrid y de que salió a hombros de Algemesí, Cáceres, Pamplona y Zaragoza, tuvo que cambiar el sueño dorado por la plata y esperar más de 30 años para comprender el porqué de su sino. Hace un momento que me ha llamado y me ha contado que viéndose torear en los VHS olvidados “me he puesto los pelos de punta a mí mismo”. Cosas de artistas.

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