EN CORTO Y POR DERECHO
Garzón
Por José Carlos ArévaloA pesar de los pesimistas críticos de la fiesta de toros, que antaño se quejaban de que al modernizarse ya no es lo que era, y de los críticos de hogaño que la menosprecian por anacrónica, a los de antes les digo que en lo esencial la Fiesta ha cambiado muy poco y a críticos masoquistas de ahora que las corridas de toros moderna, o sea la lidia a pie que se impuso a finales del siglo XVIII, la corrida de toros no ha hecho otra cosa que evolucionar. Y como es sabido la evolución es el cambio sin que se note.
O sin que se note mucho. Por ejemplo, si hablamos de toreros y preguntáramos por el cambio, no sería difícil explicar el cambio en la manera de torear de los nuevos toreros del siglo XXI con respecto a la técnica y la expresión de los diestros de su generación precedente. Todo cambia en la Fiesta. Hasta el toro, que es un animal y vive en el campo ajeno a nuestras cuitas, ha cambiado. Incluso más que los toreros. Y para bien, pues toros tan bravos, tan codiciosos en los engaños y en número tan alto, es cosa que no se había visto nunca.
En lo que parecía que la Fiesta no iba a cambiar es en su sector empresarial, que las corridas de toros no iban a programarse con planteamientos más acordes con la evolución del ocio. En efecto, los pliegos adjudicatarios de las plazas parecían redactados para garantizar la presencia de los mismos en las mismas plazas como si se las estuvieran intercambiando, unas temporaditas yo, otras temporaditas tú, y así hasta Dios sabe cuándo.
Pero miren ustedes por dónde, Sevilla ha roto la baraja. A mí, la Real Maestranza de caballería, de Sevilla, que es una institución muy conservadora, me cae muy bien. Posiblemente, si existe lo que hoy llamamos corrida de toros a ella se deba. Cuando los primeros reyes borbones (siglo XVIII) prohibieron a militares y caballeros montar a la jineta, lo que terminó con la corrida caballeresca, el ruedo de la Maestranza fue el escenario donde se forjaron los toreros de a pie que crearon lo que hoy entendemos por corrida de toros, antiguos criados que cambiaron su estatus por el de protagonistas de la lidia. Y cuando aquellos monarcas antitaurinos prohibieron las corridas de toros (4 veces en un siglo) la Maestranza fue el último bastión del toreo.
A mi me caen bien esto tíos. Si se escribiera la historia del toreo con las palabras de la verdad, por lo menos un capítulo de reconocimiento habría que dedicarles. Hoy han vuelto a poner sus cartas encima de la mesa. Y han nombrado a José María Garzón, empresario de la plaza de Sevilla. O sea, le han entregado la gestión a un empresario independiente, imaginativo, gestor brillante de plazas en tiempos de crisis, un taurino joven al que los poderosos miraban con recelo (con razón) y al que putearon (sin razón). De modo que suerte para José María Garzón, pues el toro que le espera es muy serio y necesita un buen lidiador. Sobre todo, después de las ultimas y grandes ferias organizadas por Matilla. ¿Matilla? No, no, perdón. Quería decir Valencia. Sí, sí, fue Valencia, ¿verdad?