EN CORTO Y POR DERECHO

El caso Uceda Leal

Por José Carlos Arévalo
viernes, 23 de mayo de 2025 · 07:27

Lo que pasa en los toros no sucede en ningún otro espectáculo. Para bien y para mal. Para bien, porque el toreo es superior a quienes creen, hasta cierto punto con razón, que lo controlan. Y para mal, porque los que mandan desde hace unos años en el negocio taurino son gente muy cortita.

Uno de los ejemplos más palmarios es el caso Uceda Leal. Si se usara con rigor el título de maestro, hoy aplicado para designar a todos los matadores, solo debería emplearse con media docena. Entre ellos Uceda Leal, maestro del toreo por todos sus atributos. Obviamente, por su maestría, como lo demostró con su primer toro que, ya de salida, su embestida tenía menos recorrido que un caracol dormido. Claro que, como buen “santacoloma”, de dormido, nada. Clavaba su acometida en las zapatillas del torero antes de pasar. ¿Hicieron bien en darle fuerte con la puya? ¿Habría sido dominable esa conducta si hubiera mantenido en la muleta su viveza inicial? En todo caso, ante la sarga fue una prenda. Listo, esperaba, desparramaba la vista, y solo veía al torero. Pero este era mucho más listo, porque su valiente colocación, al hilo antes de citar con el toro mirándole con el ojo dentro, de inmediato le ganaba uno o dos pasos, cruzándose y “tocando” al ojo contrario, de modo que el irracional embestía creyendo hacer carne y el torero aprovechaba su errónea embestida, no para desviarla hacia afuera, como suele suceder con el toreo cambiado, sino hacia adentro para que el funo se confiara, y el muletazo salía largo y hondo y deparaba el paladeo de la inteligencia burlando a la malicia. No pudieron ser muchos porque el toro se desengañaba entre pase y pase. Pero sí los suficientes para demostrar que no hay toro malo sino torero impotente. Y además lo mató de una estocada con pureza y arte. Solo le aplaudieron. Y es que ahora, en las plazas hay mucha gente que mira y no ve.            

Lo que sí vio todo el mundo fue su gran faena al cuarto de la tarde. Los ayudados por alto con que la inició merecen un Fidias que los esculpiera. Y si bellos eran por fuera, la embestida prendida, el temple cadencioso, la figura gallarda, el medio pecho por delante, la cintura quebrándose a partir del embroque y los vuelos rojos de la sarga floreando los pitones del bravo quinteño, buenísimos fueron por dentro, porque escondían la función de someter la bravura, acompasados hacia adentro en el remate para formalizar al toro, para decirle que el pleito iba en serio. También lo comprendió la gente, que intuyó faena grande. Y comprobó en la primera tanda de redondos, de una cadencia visible y un mando invisible, que ni los tendidos, ni el torero, ni el toro, se habían equivocado. Y el gran paladeo llegó con el toreo por naturales largos como ríos, y la celebración del elegantísimo trasteo se rubricó con el pellizco de un trincherazo torerísimo y con otros muletazos que no se supo si eran desdenes o el pase de la firma, por el temple y el trazo desmayado que tuvieron. ¿Fue corta la faena para este tiempo de faenas largas? No, fue exacta. Un pase más, que el toro ya no tenía, habría manchado una obra perfecta. Y por eso, y porque al toro ya no le quedaba nada dentro, el gran estocadista provocó la estocada al encuentro, no fuera a ser que el bravo pero medido animal no hubiera empujado en la suerte suprema. La faena era de dos orejas, pero el presidente esperó y no sacó el pañuelo hasta que el tiro de mulillas enganchaba al toro. O sea, que la gente cortita no solo está en los despachos. También se sienta en los palcos.

Por cierto, esta era la primera actuación de Uceda Leal en este año de gracia. Y las ferias repletitas de toreros funcionarios. Qué país, Miquelarena.