MANUEL VIERA

Tan peculiar como genial

miércoles, 13 de noviembre de 2019 07:00
miércoles, 13 de noviembre de 2019 07:00

Fue un inspirado episodio que se proyectó en el ruedo de La México con la naturalidad de quien lo creó. Tan distinto fue lo realizado que el argumento de su narración se convirtió en esporádica obra cargada de solemnidad. Sin duda, quien lo hizo, ensalzó una lidia preñada de torería.

Fueron narraciones cortas sin gesticulaciones innecesarias. Sencillez en el hacer y decir. Sólo por esto, su inquietud creativa, a estas alturas imprevisibles, le llevó a la ejecución de una tauromaquia tan atípica y sublime que abrió al toreo la puerta de otro mundo tan peculiar como genial. Tan sabiamente construido que hizo que un lance a la verónica o un lentísimo y eterno muletazo diestro adquirieran calidades extraordinarias.

La belleza del toreo de todos los tiempos se hizo patente el pasado domingo en una tarde de magia y duende en el “embudo” de Insurgentes. Lo visto se distinguió por quien lo hizo y como lo hizo. Siempre intimista, a veces poético y, sobre todo, diferente. Tal despaciosidad y sinceridad en el trayecto del trazo produjo tal abstracción en la gente que, quizá, imaginaron más de lo que vieron. Y es que hubo gozo placentero para guardar en la memoria, pero no la emoción de la que se alimenta el toreo. El toro de su propia imposición la impidió. Una obviedad que algunos le llaman tomadura de pelo y otros ven en ello el singular relato que les enloquece.

Parece que el toro sigue siendo un deseo en la Monumental Plaza México, sobre todo, cuando las figuras llegan para engrandecer los carteles de su Temporada Grande. El toro, que sigue sin ofrecer máxima credibilidad a lo hecho en el ruedo por esa falta de presencia y seriedad. Por su nula casta y almibarada nobleza. Un toro de abecerrada y pobre cabeza, cuasi inválido, que desprestigia el toreo de quien lo requiere para facilitar su obra.

Morante de la Puebla toreó y… mató. Pese a que lo dicho y hecho, con la boyante embestida del nobilísimo y tullido morlaco de Bernaldo de Quirós, transcurriera por el camino del gozo y no el de la emoción por la equivocada exigencia de quien no la necesita.

 

           

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