MANUEL VIERA

No es mala cosa

miércoles, 18 de septiembre de 2019 07:49
miércoles, 18 de septiembre de 2019 07:49

Permanece el recuerdo de una fecha cuya plenitud le viene de aquellas tardes de ilusiones curristas. De pupilas que se iluminaban de dorado albero al iniciar el paseíllo el torero que impregnaba de magia la maravillosa melodía del pasodoble maestrante.

La sombra de la utopía desdibuja el sueño de ver torear un 12 de octubre en la Maestranza a quien, hoy por hoy, es administrador de lo genial y de los fundamentos de un toreo tan original como deslumbrante, junto, y en “mano a mano”, a quien es dueño absoluto de la naturalidad. Junto a quien lo hace sobre el patrón clásico de un concepto, desnudo de banalidades, de sorprendente manera, alejado de los tópicos del arte y con absoluto rigor emocional.

No obstante, el acontecimiento, con la participación de los dos artistas sevillanos, se hará realidad a modo de Festival Benéfico para seguir haciendo historia en día tan especial. Para paliar la intensidad de lo imaginado por una Sevilla que reconoce y admite sin recelos la ilusionante cita de sus más deseados toreros: José Antonio Morante y Pablo Aguado. Un canto al toreo con la aportación, además, de Diego Ventura, José María Manzanares y Cayetano, junto al último triunfador del ciclo de promoción, Jaime González-Écija. Un acto de focalización de las hermandades del Baratillo y la Esperanza de Triana, que dará continuidad al organizado por la Macarena el pasado año, y que debería de cambiar de forma definitiva la situación anómala de una fecha de indudable protagonismo en el final de la temporada de toros en la Maestranza.

De todas formas, hubiese sido admirable que Pablo lo hubiese hecho y dicho antes por San Miguel cubriendo la vacante del lesionado Roca Rey. Si sus formas son una fascinante inmersión en el toreo bien vale redoblar la apuesta en la Sevilla que le subió a la gloria. Pero no hay manera de cambiar la dura inercia del sistema. De mostrarse decidido a alterar los circuitos tradicionales de los propios intereses. Así que la felicidad se sustentará el Día de la Hispanidad con toreros vestidos de corto que, seguro, harán crujir los cimientos de una plaza que se ha de llenar para beneficio de las obras asistenciales y de caridad de las dos corporaciones. Que no es mala cosa.

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