LA VOZ DE LA ALTANERÍA
La esperanza en lila y oro: un clamor por Daniel Menés
Por Aitor VianEn el vasto universo de la Tauromaquia, donde las estrellas fulgurantes acaparan el firmamento, existen constelaciones menores, matadores que portan el peso del arte y el yunque del silencio. Entre ellos, el nombre de Daniel Menés resuena como una promesa a medio cumplir, una faena de muleta que espera la banda para desatarse en toda su plenitud.
Menés, vástago de la escuela madrileña, lleva la impronta del clasicismo en la seda del capote y la herencia del oficio en la mano izquierda. Su tauromaquia no busca el destello fugaz, sino la hondura del concepto. Es un artista de la arquitectura lenta, del muletazo que templa y manda, con la quietud y la verdad del que ha aprendido que el toreo es, ante todo, una conversación profunda con el misterio.
Su alternativa, consumada en la noble sencillez de Madridejos en 2021, debería haber sido el pórtico de su expansión, la luz verde para desgranar su arte. Sin embargo, el escalafón, ese dragón de tres cabezas (figuras, ferias y despachos), lo ha relegado a la penumbra de las oportunidades contadas. Es una injusticia poética: ¿cómo es posible que un matador con el sabor de Menés permanezca en el ostracismo?
El matador madrileño, con su traje de luces lila y oro guardado más de lo que debiera, es un acto de fe esperando ser recompensado. Su valor no es el de la temeridad, sino el de la firmeza ante la adversidad. En cada tarde, por escasa que sea, se juega el alma y la gloria, demostrando una técnica depurada para domeñar la aspereza y para extraer la nobleza donde otros solo encuentran celo.
Es necesario que las empresas taurinas, custodias del futuro del espectáculo, redescubran a estos orfebres del toreo. Dar cancha a Daniel Menés no es llenar un hueco, es sembrar autenticidad. Es permitir que la afición, sedienta de nuevos nombres con cimientos antiguos, pueda asistir al florecimiento de un torero que lleva la verdad en el embroque y la lentitud en el trazo.
Daniel Menés es la "esperanza en lila y oro": la esperanza de que el mérito y la pureza conceptual aún tienen un hueco en la arena. Merece, no por benevolencia sino por justicia taurina, que el telón de las grandes plazas se alce con más frecuencia para que su oficio, pulido en el silencio, se convierta en el clamor que la Fiesta tanto necesita.