PACO DELGADO

Es de este mundo

jueves, 15 de agosto de 2019 09:00
jueves, 15 de agosto de 2019 09:00

Ha sido, sin duda, una de las grandes noticias de este verano. Como ya lo fue, desde luego, el percance que sufrió en marzo y que le ha tenido en dique seco hasta hace unos días.

En efecto, la reaparición de Enrique Ponce tras aquella cogida de fallas ha sido el gran acontecimiento de esta segunda parte de la temporada. Y no sólo porque el de Chiva volviese a torear tras la más larga etapa de inactividad que haya padecido en su carrera, sino por cómo lo hizo y cómo estuvo.

Casi cinco meses después de su cogida en Valencia y una gravísima lesión de rodilla, el torero valenciano reapareció el pasado 10 de agosto en El Puerto de Santa María y se mostró totalmente recuperado de aquella lesión a la vez que pletórico: indulto a un toro y salió a hombros.

No se puede decir que Enrique Ponce se midiese en su primera corrida después de tan largo período en el dique seco. No fue la de El Puerto una toma de contacto ni un calentamiento para ir progresivamente cogiendo el ritmo de la temporada. No. Desde que hizo el paseíllo, ataviado con el mismo terno blanco y azabache que vistió la fatídica tarde del 18 de marzo, dejó claras sus intenciones y si la poca fuerza de su primero le impidió ya lograr el triunfo en su primer envite, en su segundo turno cuajó una de sus típicas, esplendorosas, poderosas y a la vez acariciadoras faenas logrando el indulto de “Fantasía”, toro de Juan Pedro Domecq que en otras manos no hubiese logrado salvar la vida. Y cincuenta y tres son ya los toros a los que ha conseguido indultar, con lo que esto significa.

Ponce ha vuelto, titulé en una avance de urgencia tras contarme por teléfono un corresponsal cómo acababa de estar. Y así lo hicieron varios colegas más. Pero, después de pensar y meditar sobre el particular, lo correcto, creo, es que no ha vuelto porque no se ha ido. A lo largo de esos ciento cincuenta días no ha dejado de estar pensando en otra cosa. Torear, ponerse delante de un toro, echarse a la carretera, verse anunciado de nuevo en los carteles... Su cabeza seguía toreando y no tenía otro objetivo que enfundarse de nuevo en un traje de luces, aunque el utilizado en El Puerto fuese adornado en azabache.

Rosario Pérez lo reflejaba así en ABC: “Ya lo dijo Joselito el Gallo: Quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros. Quien no ha visto a Ponce no sabe lo que es torear, debería de rezar desde ahora en otra placa. ¡Qué barbaridad! Y con una ausencia de casi medio año. Torear no se olvida”. Claro que no, y menos en este caso, tan especial como irrepetible.

Ya no es que tenga una mente privilegiada y perfectamente amueblada; ni que su técnica sea impecable; o que posea un valor que por hacerlo todo tan fácil ante el toro no suele percibirse con claridad pero que está ahí; que su estética y plasticidad sean extraordinarias, como lo es su facilidad para ver, comprender y, en consecuencia, lidiar conforme toque a cada toro que le echen... es que, además, y por si todo esto fuera poco, tiene algo que le diferencia del resto de sus colegas -y por ende del resto de los mortales, y por ello lleva cuarenta años toreando y treinta como primera figura-, y ya se ha dicho, pero hay que volver a remarcarlo: su afición es descomunal. Y eso le lleva a no cansarse de entrenar, ni de pensar en el toreo, pese a que hay pocas cosas que no se le den bien y muchos sus hobbies.

Ya antes de esta última hazaña se le llamaba de muchas formas, dejando caer que era algo así como un súperheroe, un extraterrestre o alguien dotado de poderes supranormales. Pero no, ya se vio cuando cayó en Valencia. Es también de carne y hueso. Pero su perseverancia, su tesón, su fe y su dedicación le hacen llegar más lejos. Eso es tener motivación. Y eso es algo que es de este mundo. Como él, aunque a los demás no siga pareciendo alguien que no está en nuestra misma dimensión y al que por eso llamamos Maestro.

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