JORGE ARTURO DÍAZ REYES

Lo kitsch en el toreo (XVII)

El destino, la inminencia de lo trágico afrontada serena, desparpajada y dignamente; con movimiento mínimo, actitud erguida, sin ventaja ni espanto. El mayor poder, la fuerza brutal y la intención homicida controlados con sutileza

Entre las imágenes de tauromaquia que mi memoria repasa por su cuenta, la del “diestrísimo estudiante de Falces”, embozado, quebrando el viaje al toro, es la más recurrente.

Tal vez nunca sucedió. Quizá sí. De pronto, durante los sanfermines en Pamplona 1744. Los más exitosos, recordados y bien pagados del ilustrado torero Bernardo Alcalde Merino, dicen. Setenta y un años antes de que Goya lo perennizase. De haber sido así no la presenció el pintor. Nació dos años después. Debió llegarle de oídas, verla en otro lidiador, o imaginarla por completo.  

No importa, es arte, y desde antes o después existe dicha suerte. Se ha imitado, modificado y sofisticado. No pocos la creen, con razones, un antecedente de la Chicuelina (1924).

La he visitado y revisitado en El Prado, (su residencia), y ojeado y reojeado en impresos e internet, y tratado de vislumbrar en el ruedo. Me resulta insoslayable. Más que por la pericia del grabado, el genio del autor y el valor fetiche de la obra, porque me impone una definición consoladora.

Gracia, parquedad, eficacia, en la solución de lo difícil. Pues como decía Cúchares, “de todas las suertes del toreo la más importante es que no le coja a uno el toro”.

El destino, la inminencia de lo trágico afrontada serena, desparpajada y dignamente; con movimiento mínimo, actitud erguida, sin ventaja ni espanto. El mayor poder, la fuerza brutal y la intención homicida controlados con sutileza. Está todo ahí. Simple, como una respuesta feliz, congruente como una rima, sobrio y exacto como un teorema.

Veracidad, acierto, gallardía, en una palabra; elegancia. Condición en el arte de torear, de vivir y de morir. La historia lo agradece. Sócrates, Jesucristo... Cayetano Sanz, “El Petronio de Arganzuela”. Lagartijo, “Ninguno más elegante”. Y el mexicano Gaona; “torero de verdadera elegancia” según Cossío.

Lo justo requisito de lo bello, lo bello requisito de lo artístico, lo artístico requisito de lo humano. Lo demás es Kitsch  

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