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Paco Delgado - 07/07/2016

Que la memoria es frágil es tan viejo que ya en la antigua China decían que la tinta más pobre de color vale más que la mejor memoria. 

Tan mal andamos de ella, de memoria, no de tinta, que ya no recordamos que Aristóteles nos advirtió que gracias a esta facultad se da en los hombres lo que se llama experiencia.

Pero somos torpes o, peor, contumaces. Y dejamos que lo aprendido resbale por los sumideros de la inconsciencia hasta perderse inútilmente.

Hay que ver cuánto se habló y escribió sobre el mayo del 68, aquella especie de Woodstock reivindicativo que puso París pata arriba; una serie de protestas contra la sociedad de consumo iniciada por grupos estudiantiles de izquierda a los que posteriormente se unieron obreros industriales, los sindicatos y, al olor de las sardinas, el Partido Comunista francés. Fue la mayor revuelta estudiantil y la mayor huelga general de la historia de Francia, y posiblemente de Europa occidental, secundada por más de nueve millones de trabajadores. Allí y entonces se dieron cita todos los progres del momento y, cómo no, todos los demócratas que el régimen franquista tenía en el exilio, obligado o voluntario. Todo el que quería presumir de pedigrí estuvo entonces en París. Fue como la famosa corrida en la que tomó la alternativa Parrita, en la que de ser cierto que asistieron todos los que dijeron haber estado en ella hubiera sido preciso que el coso de Monleón tuviese una capacidad para cientos de miles de espectadores.

Daniel Cohn-Bendit, uno de los líderes de aquella revuelta -y que cambió la algarada callejera por un escaño en el parlamento europeo para defender una Europa federal, tolerante, democrática y libre-, mientras arengaba a los suyos a buscar la playa bajo los adoquines de los Campos Elíseos o de la Plaza de la Concordia, dejó frases y consignas para la historia: ¡Seamos razonables, pidamos lo imposible!. Pero, sobre todo, una fue la que más caló entre los participantes en aquel desafío, estuvieran o no realmente allí: 

¡Prohibido prohibir!. Un alegato a favor de la libertad que, sin embargo, ha sido ya olvidado por muchos de los que ahora gobiernan en España y que a tenor de su ideología y filosofía deberían tener muy presente y como principal guión en su gestión.

Pero en la nueva izquierda, sobre todo en la más radical, parece que el afán revanchista y el ánimo de venganza puede más que su presumible espíritu conciliador y tolerante y así lo demuestran con su afán persecutorio con el tema taurino, uno de los más emblemáticos y representativos de una España que parece como si quisieran hacer desaparecer y cuanto antes mejor.

Cataluña, Baleares, San Sebastián según les baile el agua, Galicia así crezca su poder nacionalista... y Valencia, nada menos, una de las regiones con más y mayor tradición en festejos populares, en cuyas tres provincias se dan al año cerca de diez mil funciones de este tipo, han visto en sus carnes cómo la cosa taurina queda al margen de la ley sin tener en cuenta el que sean muchísmas las personas que gustan de presenciar estos espectáculos o de participar en los mismos. Pronto se les olvida qué es democracia y antes se les ve el pelo totalitario que anida en su interior. Para nada tienen en cuenta que se trata de unas nuestras tradiciones más arraigadas y que más profundamente se adentran en nuestra historia, al margen de ser un hecho cierto el que la tauromaquia constituye una de las principales manifestaciones de nuestra cultura y que significa una de las principales conquistas sociales de nuestro pueblo. Claro que si ellos no se consideran ni españoles, pues mal vamos y mal futuro nos espera si seguimos gobernados por esta nueva clase política que antepone sus ideas a las de sus conciudadanos y que demuestra una alarmante falta de preparación que vaya más allá de organizar una performance de barrio o una manifestación con titiriteros.

Valencia, como les decía, acaba de prohibir los festejos populares y su Ayuntamiento, con la sola oposición del Partido Popular -y la vergonzosa y vergonzante abstención de Ciudadanos, tras las muchas reuniónes mantenidas con representantes de las peñas y la Federación de Bous al Carrer, en las que aseguró un apoyo que a la hora de la verdad ha brillado por su ausencia - se pasa por el arco del triunfo lo que puedan pensar muchos miles de valencianos y aconseja "organizar festejos con políticos corruptos embolados" (sic), mientras que Gloria Tello, concejala de Compromís e impulsora de la prohibición, vuelve a insistir en el despropósito de otorgar a los animales derechos inexistentes y equipararlos a los humanos.

No sé si el alcalde de Valencia y sus concejales partidarios del veto a los toros estuvieron en París hace casi cincuenta años, pero lo que está claro es que de aquello no sacaron nada en claro y lo de prohibido prohibir es, para ellos, sólo una frase bonita. Una consigna inútil y, desgraciadamente, olvidada.

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