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Paco Delgado - 15/10/2015

Varios han sido los indultos concedidos en este último tramo de la temporada española y varios más han sido los intentos por concederlo y que finalmente no cuajaron. Hay como una obsesión por parte de algunos ganaderos -más acentuada en gran parte de sus adláteres y palmeros- por lograr que se perdone la vida a toros o novillos de sus vacadas, buscando sobre todo publicidad más que otra cosa.

Vuelve, pues, el debate sobre la oportunidad y legitimidad de esos indultos, muchos de ellos concedidos en plazas de tercera o en novilladas, por lo que se hace raro el que pueda tener otro interés para el ganadero más allá de esa campaña de imagen que supone el aparecer en los medios especializados, pues si ellos mismos habían destinado esos productos a plazas de poca categoría o, como desecho de tienta o por defecto, se habían lidiado como novillos, poco pensaban que podrían aportar a mejorar su negocio.

Según el artículo 83 del Reglamento taurino, en su apartado primero, se establece que: En las plazas de toros de primera y segunda categoría, cuando una res por su trapío y excelente comportamiento en todas las fases de la lidia, sin excepción, sea merecedora del indulto, al objeto de su utilización como semental y de preservar en su máxima pureza la raza y casta de las reses, el Presidente podrá concederlo cuando concurran las siguientes circunstancias: que sea solicitado mayoritariamente por el público, que lo solicite expresamente el diestro a quien haya correspondido la res y, por último, que muestre su conformidad el ganadero o mayoral de la ganadería a la que pertenezca. También es curioso recordar que en el apartado quinto de dicho artículo se estipula que el ganadero deberá reintegrar al empresario en la cantidad o porcentaje por ellos convenido.

Vemos, así, que muy a menudo esos indultos no tienen como escenario plazas ni de primera ni de segunda; que el comportamiento de muchas reses indultadas no es, ni de lejos, excepcional ni en todos los tercios y, para colmo, con frecuencia el propio ganadero, una vez logrado su propósito, el indulto, se desentiende del animal y deja al empresario la responsabilidad de qué hacer con él.

Se ha visto hace unos días cómo se pedía el indulto de un novillo en una plaza portátil, sin corrales, y sólo el buen juicio de quien ocupaba la máxima autoridad en el palco, evitó, al no conceder la gracia, lo que hubiese sido un verdadero y no pequeño problema para devolver el astado al camión con el festejo en marcha.

No se trata de ser intransigente, estrecho o estricto, sino de tratar de que algo tan serio como el espectáculo taurino no se convierta en un cachondeo y se tome el pelo a la gente. El indulto es una medida extraordinaria y sólo, repito, sólo para toros extraordinarios, no para hacer un favor a un amigo o una publicidad gratuita.

Como bien ha escrito Diego García, el Presidente de un festejo taurino debe, en primer lugar, cumplir el Reglamento y no dejarse llevar por lo que pueda pedir un público mediatizado por la actuación del matador de turno, por el propio ganadero o por sus amigos o allegados. A la hora de indultar ¿se tiene en cuenta las veces que ha entrado el toro al caballo de picar? Eso generalmente no importa al público pero sí al aficionado y también debería importarle al Presidente, ganadero y lidiador y se evitaría el indulto de toros que su único mérito fue parecerse a un carretón de entrenamiento. El Presidente en estos casos, debería ordenar salir al ruedo al picador y citar al toro con el regatón, para ver si de verdad es bravo o, símplemente, tonto.

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