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31/08/2017

Desde luego, no se puede decir que este 2017 que ya enfila hacia su último tercio haya sido amable, por ceñirnos a este sector y no extendernos en general, con la torería. Dámaso González ha sido el último a quien se nos ha arrebatado.

Ya se ha dicho que ha sido la suya una desaparición más dolorosa por tan inesperada y traicionera. Y que deja un vacío imposible de llenar.

Ya se ha dicho que fue un torero irrepetible. Que tuvo valor para dar y regalar. Que, como Domingo Ortega, fue un domador de toros y que pocos se resistieron a su paciencia y su poderosísima muleta.

Ya se ha dicho que poseyó el secreto del temple -el rey del temple le

llamaban- y que su toreo marcó un sendero por el que, desde Paco Ojeda, transitaron infinidad de toreros hasta llegar a quien lo hizo autopista, Enrique Ponce, quien, por cierto, le homenajeó en Bilbao el día de su muerte, imitándole en varios pasajes de su actuación - ¡ese péndulo, tan personal como intransferible!- y que, al echarse su toro antes de tiempo, ya no tuvo momento para aflojarse el corbatín, otra seña de identidad del torero de Albacete.

Ya se ha dicho que creó escuela, que fue torero de toreros y que también dejó para la posteridad una combinación en su atuendo torero, los trajes de caña y oro, que deberían ser denominados en su honor y recuerdo como Dámaso González. O simplemente Dámaso.

Ya se ha dicho que de haber tenido una figura más airosa hubiese obtenido un mucho mayor reconocimiento por parte del público en general. Pero entonces no hubiese sido él… Ya se ha dicho que fue una persona excelente, un hombre bueno de los pies a la cabeza y que ayudó en lo que pudo a todo el que pudo.

Ya se ha dicho que ha sido el diestro que más veces toreó en la plaza de Albacete, que fue quien más colaboró para institucionalizar la corrida de ASPRONA, marca también que identifica a su ciudad y a esta plaza que este año cumple cien años vestida de luto.

Ya se ha dicho que como novillero, pese a sus numerosas volteretas y frecuentes percances, arrasó y que fue un ídolo en Barcelona y Valencia, donde, por ejemplo, actuó por última vez antes de tomar la alternativa y cortó siete orejas y un rabo tras lidiar en solitario una novillada de Benítez Cubero.

Ya se ha dicho que fue quien consiguió el primer indulto de un toro en plazas de primera…

¿Qué no se ha dicho ya de Dámaso? Pues a lo mejor, y si se ha dicho habrá que recalcarlo, que su muerte colapsó una ciudad como Albacete, que sus vecinos y conciudadanos se volcaron en el entierro y que no cabía un alfiler ni en las calles por las que que pasó el cortejo fúnebre ni en la catedral, donde se ofició el funeral, ni en la plaza que la rodea.

Tampoco se ha dicho que una manifestación tal de duelo no se ha visto nunca por estos lares para honrar a un político. Ni a un banquero. Ni a un catedrático. Ni a un escritor. Ni siquiera a un futbolista. Y con Dámaso -a quien sus paisanos llamaban Damaso, eliminando la

tilde- la gente se entregó con un fervor como nunca se podría haber imaginado nadie. ¿Qué tiene el toreo que engancha de esa manera? 

Habría que mostrar esa marea de gente llorando por el torero a los que pretenden abolir la tauromaquia o a los que la denigran.

Ahí es donde habría que hacer fuerza, dejar claro el tirón y la fuerza que tiene esto. Ahí es donde habría que poner el acento y dejar que, y de ahora en adelante, a Dámaso se le llame ya para siempre Damaso ¡Hale Damaso!

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