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Hasta ayer, como quien dice, montaba a caballo, haciendo realidad el sobrenombre con el que ya se le conocerá por siempre jamás "El centauro de La Puebla".
Paco Delgado - 09/04/2018

Hasta ayer, como quien dice, montaba a caballo, haciendo realidad el sobrenombre con el que ya se le conocerá por siempre jamás "El centauro de La Puebla".

Su afición -y su amor, y su dedicación, y sus desvelos- por el caballo le llevaron a acometer tan grandes innovaciones en el toreo a caballo que no se comprende el rejoneo moderno sin su aportación. Suyo fue también el invento que llevó a esta modalidad a estar presente en todas las plazas y en todas las ferias. Y es que con los llamados "Cuatro jinetes del Apoteosis" -Álvaro Domecq Romero, José Samuel Lupi, su hermano Rafael y él mismo- las corridas de rejones obtuvieron carta de naturaleza para ser imprescindibles -y muy rentables- en cualquier serial que se preciase. Gracias a él se institucionalizó en la feria de abril esa corrida dedicada exclusivamente al arte del rejoneo. Pero, además, introdujo el toreo en collera, fórmula heterodoxa del gusto de la inmensa mayoría. Cambió sustancialmente las dimensiones de bocados, espuelas y estribo. Impuso un sentido nuevo de los terrenos de torear. En suma, creó el rejoneo que hoy se disfruta, devolviendo a los caballeros el prestigio y protagonismo que tuvieron en los orígenes de la tauromaquia.

Nacido en La Puebla del Río (Sevilla) el 18 de marzo de 1925, Ángel Peralta debutó en la sevillana plaza de La Pañoleta el 19 de febrero de 1945 y pronto estuvo anunciado en los cosos de mayor relevancia y responsabilidad (en La Maestranza -donde años más tarde, 1971, protagonizaría una gesta al cortar un rabo, siendo el primer rejoneador en hacerlo- actuó ya en la temporada siguiente y en Las Ventas se presentó tres años después) y permaneció en activo hasta finales del siglo XX, en parte debido a las muchas lesiones sufridas.

Fue, además de un estudioso del caballo y su comportamiento, hombre con inquietudes intelectuales y deja una notable obra literaria -hace unos días tuvo que se suspendida por su estado de salud su última obra, "El Centauro de las Marismas. (La novela que enamoró a Ava Gardner"-, en la que hay poesía, aforismos filosóficos a los que llamó "cabriolas" y hasta letras para sevillanas, interpretadas por, entre otros, Los Romeros de La Puebla.

También protagonizó varias películas de cine -en los años cincuenta y sesenta no había figura del toreo o aspirante a serlo que no tuviese una cinta con su nombre en la cartelería- actuando junto a Marisol en, por ejemplo, "Cabriola", filme en el que aparecía su emblemático caballo del mismo nombre, fallecido poco después a resultas de una cornada recibida en la plaza de Alicante.

En su campo sevillano crió también toros bravos y enseñó a rejonear a gente como Manuel Vidrié, Diego Ventura o Lea Vicens, su última alumna.

Su dedicación al mundo del toro y el caballo le valió la Medalla de Oro de las Bellas Artes en 2013 como antes la Cruz de la Beneficencia en 1979 y la Cruz al Mérito Civil en 1992. Pero, distinciones al margen, lo que siempre quedará en el recuerdo y en la memoria de todos será su afición, su enorme afición por el caballo y su amor por el toro.

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