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Paco Delgado - 22/10/2015

No cesa el aluvión -aunque más que aluvión habría que hablar de tormenta que, como tal, habrá de cesar y desparecer algún día- de ataques contra los toros. Contra el espectáculo taurino y contra todo lo que ello significa y conlleva, implícita y explícitamente. Y contra los mismos toros, en singular e individualizando al animal a quien, aparentemente, se quiere salvar de las garras de esos bárbaros, desalmados e incultos torturadores que le alancean, asaetean y, finalmente, liquidan a estocadas. Ya se ha dicho y escrito no mil, millones de veces: el fin del espectáculo taurino acarrearía y tendría como consecuencia a muy corto plazo la desaparición del animal objeto de la encendida, apasionada y heróica defensa de estos guerreros del bien, pretendidos adalides que buscan su salvación a costa de su extinción. Qué bonita paradoja. Qué ilustrativa contradicción. Ellos, estos supuestos animalistas, anhelan la desaparición del motivo de su lucha.

Llegados a este punto hay que recordar, como lo hace Manuel Rivas, que todas las grandes depredaciones han sido ajenas a la obligación de satisfacer necesidad alguna. Y, mira por donde, en esta batalla nos encontramos con que la gente que pelea en el supuesto bando de los buenos es quien, precisamente, acabaría por conseguir, de lograr su fin y la victoria, que el toro de lidia fuese un animal legendario de aquí a nada, recuerdo, mito. Y en el rincón de los malos de la película tenemos a quienes trabajan a diario y han hecho de su afición una religión por dar a esta especie una vida envidiable, en un entorno que ningún otro animal puede ni siquiera soñar, y con todas las comodidades y atenciones imaginables. Y que han conseguido, poco a poco, a base de esfuerzo, sacrificio y no poco dinero, conformar un animal yo diría que único y, desde luego, diametralmente distinto del que fue su origen y embrión. O sea, el mundo al revés.

Como en casi todo. Hemos llegado a un punto en el que ya no sabemos si los que pretenden salvarnos son en realidad nuestros verdugos o al contrario. No es extraño, por tanto, que la gente se vuelva loca. El caso es dar sentido al sinsentido.

No es raro que, con este caldo de cultivo, surjan, como siempre, teorías de la conspiración. Nada nuevo, por cierto, Dostoiesvski ya subrayó que se puede decir todo cuanto se le ocurra a la mente más disparatada excepto que sea racional, lo que, según Javier Cercas, lleva a la paranoia. Y aún cuando parece cierto que hay una organización cierta y jerarquizada, con fuentes de financiación que apuntan en distintas direcciones, y un plan perfectamente estudiado, establecido, acatado sin rechistar y con disciplina y ejecutado puntualmente, ya es más aventurado afirmar -o creer- que todo obedece a una estrategia de marketing para concienciar a la mente humana de las bondades de nuestros hermanos irracionales y la necesidad de adquirir para ellos desde una línea de alimentos que cubra todas y cada una de sus necesidades hasta productos de peluquería para que luzcan a la última, pasando por toda clase de artículos para su solaz y recreo.

Por no faltar no falta ni quien asegura, rozando ya los límites del desvarío, que todo este tinglado lo han montado y alentado los propios dirigentes del negocio taurino para dirigir hacia otro lado las críticas de sus clientes, hartos de su pésima gestión en la mayoría de plazas, casos y cosos, abaratar costes y, en última instancia, acabar con una actividad que tantos quebraderos de cabeza les da y tan poco beneficio parece reportarles. Claro que la realidad supera siempre a la ficción más enloquecida, pero aún así se hace difícil pensar que esta animalada sea posible. Aunque viendo cómo se las gastan algunos, a veces se llega a dudar.

 

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