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Paco Delgado - 29/10/2015

Con octubre finaliza la temporada en la Comunidad Valenciana. Y lo hizo, vaya por Dios, con otra mala noticia, para variar: los festejos taurinos tradicionales de la Comunidad Valenciana dejarán de ser Bien de Interés Cultural (BIC) después de la proposición de ley registrada en las Cortes Valencianas por parte del PSPV, Compromís y Podemos para derogar de forma íntegra la Ley de Señas de Identidad aprobada por el Partido Popular en la última legislatura y en la que se incluían los festejos populares, tan arraigados en esta Comunidad.

Esta declaración como BIC entró en vigor el 9 de abril de este mismo año y apenas ocho meses después será derogada en el Parlamento valenciano. Al parecer, el que a lo largo de este año se han celebrado ya más de 8.000 funciones de este tipo en las tres provincias valencianas no es dato relevante ni tiene importancia alguna y el que esto suceda así desde tiempo inmemorial, tampoco. La política sólo entiende de votos a favor para obtener una cuota de poder que luego, curiosamente, se utiliza la mayor parte de las veces para fastidiar al votante.

Fue esta de 2015 una temporada con dos caras bien distintas, dos facetas opuestas y de signo contrario. Si por una parte hay que lamentar que, siguiendo la tónica de los últimos años y la tendencia a la baja en número de festejos, la de este año fuese la campaña más pobre en este apartado desde hace más de cincuenta años, por otro lado, y como también viene siendo norma y habitual en los últimos tiempos, la torería valenciana, de oro y plata, a pie y a caballo, volvió a brillar con fuerza, autoridad y personalidad en el panorama nacional.

Si ya hubo llanto y rasgadura de vestidos en 2014 al computarse entonces tan sólo cincuenta y cinco funciones a lo largo de todo el año y entre las tres provincias valencianas, y como todo tiene a ser manifiestamente empeorable, un año más tarde la curva baja ya de manera alarmante y se registra ahora un descenso de casi un diez por
ciento: trece festejos menos, Efectivamente, en 2015 sólo se celebraron en la Comunidad Valenciana cuarenta y dos festejos mayores. Veinticuatro corridas de toros, trece novilladas picadas y cinco funciones de rejones. Cifras, evidentemente muy bajas y que hace unos pocos años hubiesen servido para, por ejemplo, reflejar únicamente lo sucedido en el coso de Monleón.

Y de esas veinticuatro corridas hay que desglosar diez para Valencia capital, cuatro para la plaza de Alicante y tres para la de Castellón; el resto se reparte entre las cuatro habidas en tres plazas de la provincia de Valencia -Bocairente, Játiva y Utiel-, dos en Vinaroz y una en Benidorm, plaza que siempre mueve a nostalgia y tristeza al recordar que no hace tanto tiempo era, tras las de Sevilla, Madrid, Barcelona y Valencia, una de las de mayor actividad de toda España. Las novilladas tuvieron escenarios mayormente de la provincia de Valencia -dos en fallas, una en julio, dos en El Puig y seis en Algemesí-; en Alicante y Castellón sólo hubo una respectivamente en las ferias de Hogueras y la Magdalena, mientras que los espectáculos de rejoneo se celebraron con motivo de las principales ferias y a una por serial.

En el aspecto positivo, al margen del triunfal resultado de esos ciclos y su, en general, aumento de la asistencia de público ferial, hay que dejar constancia del brillante papel llevado a cabo por los diestros valencianos en todas sus categorías, si bien y como también es ya una constante en este último cuarto de siglo, hubo un nombre que destacó por encima de todos los demás: Enrique Ponce, diestro que cumplía este año sus bodas de palta como matador de alternativa y que cumplió otro ejercicio impecable pero que no pudo redondear al resultar lesionado actuando en el Coliseo de Nimes, en una de sus mejores tardes de este ejercicio en el que cumplió cuarenta y siete contratos, ocho de ellos en plazas mejicanas, obteniendo un total de setenta y cinco orejas y dos rabos, lo que le sitúan -aunque sea ésta cuestión méramente contable: lo hecho en el ruedo le coloca de nuevo en el primer lugar de la nómina torera- en el quinto puesto del escalafón, aunque de no mediar aquella lesión no hubiese perdido otras cinco actuaciones y habría terminado en el tercer escalón del pódium.

Manzanares volvió a estar discreto y desigual, lejos de aquel torero que deslumbrase en 2011, y muy dubitativo, sumando cuarenta y cuatro corridas -una en la Monumental mejicana- en las que obtuvo cuarenta y siete orejas y un rabo.

Andy Cartagena, pese a que por festejos toreados tuvo por arriba a su primo Ginés y a su paisano Manuel Manzanares, fue el rejoneador que mejores resultados globales obtuvo, siendo el que con más frecuencia actuó en plazas y ferias de categoría y demostrando una vez más que ha alcanzado un nivel de madurez y dominio que le colocan entre los mejores de la especialidad.

Varea, pese a la crisis que atravesó a finales de agosto, fue el novillero más destacado de los valencianos y uno de los mejores a nivel nacional, siendo tercero en el escalafón final y dejando una muy buena impresión de futuro. Tras él hay que citar a Borja Álvarez, El Gallo, Cristian Climent, Jesús Chover y Vicente Soler, quienes siguieron peleando por que se les tenga en cuenta, como también hicieron los matadores Pascual Javier, Jesús Duque, David Esteve o Paco Ramos, quienes tuvieron que marchar a plazas americanas para poder torear, en tanto que José Carlos Venegas, vecino de Benidorm y hecho en su Escuela Taurina, poco a poco va demostrando que es torero que vale la pena. Como la valen los muchos toreros de plata que este año triunfaron a lo largo y ancho de la geografía taurina, bien a las órdenes de figuras -Luis Blázquez, Álvaro Oliver, Antonio
Montolíu...- o de matadores y novilleros más o menos modestos -Raúl Martí, César Fernández, Javier Rodríguez, Miguel Ángel García, El Sirio...-, pero dejando siempre patente unas dotes extraordinarias.

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