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"Que la bandera es la encarnación, no del sentimiento, sino de la historia es algo que parece que muchos o han olvidado o, peor, no saben"
Paco Delgado - 24/08/2017

Que la bandera es la encarnación, no del sentimiento, sino de la historia es algo que parece que muchos o han olvidado o, peor, no saben. La frase no es mía, que más quisiera, sino del que fuera presidente de los USA Woodrow Wilson y que, además, fue distinguido con el Premio Nobel de la Paz en 1919, por sus aportaciones para la creación de la Sociedad de Naciones y su talante conciliador y tolerante.

Vuelve a crear problemas una enseña que es de todos y no excluye a nadie, al contrario y pese a lo que pregonan muchos y hacen otros. Y lo más curioso, y lo más grave, y lo más serio, y lo más preocupante, es que eso sucede con la nuestra. Hace unos días, en Bilbao, Antonio Ferrera desistió de banderillear -uno de los puntos fuertes de su

repertorio- porque unos espectadores -al parecer no uno ni dos, sino bastantes más- le abuchearon cuando echó mano de unos rehiletes vestidos con los colores de la bandera nacional, si, la bandera española, que sigue siendo la de todos, vascos y catalanes incluídos. 

Parece mentira que a estas alturas sigamos con estas movidas, impropias de una nación con tantos siglos a la chepa y, se supone, madura y hecha y derecha. ¿Ya nadie se acuerda de que, por ejemplo, Lorca escribió que “en la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida”?.

Ferrera se sintió herido en su orgullo, lo cuál no es de extrañar, pues declaró luego que se siente español y le molestaron esos pitos que no venían ni a cuento ni a lugar, y declinó banderillear. ¿Quién salió perdiendo? pues el público, como siempre. Una minoría volvió a imponer su criterio y perjudicó claramente a la mayoría.

Choca esta postura con lo que sucede fuera de nuestras fronteras, donde se tiene respeto y orgullo por sus enseñas nacionales. Y a cuenta del terrible atentado sufrido en Barcelona la semana pasada, fueron cientos los testimonios de solidaridad y pésame que llegaron desde el extranjero, siempre con la bandera o el himno presentes. 

Cosa que aquí no se vio, precisamente, aprovechando, encima, algunos miserables para hacer política y tratar de arrimar el ascua a su sardina independentista. Hasta un periódico inglés, el Telegraph, ilustró su editorial de condena al ataque terrorista con una viñeta en la que sobre el fondo rojigualda la furgoneta asesina era detenida por... ¡un toro!, recordando, una vez más, que la fiesta taurina es algo que va íntimamente unida a nuestro país. Lo que dio pie también a que algún descerebrado relacionase esta masacre con la muerte del toro en la plaza.

Lo que fuera es motivo de orgullo aquí lo vemos como oprobio y fastidio, sin querer reconocer lo que es obvio y su celebración objeto de fiesta y reconocimiento a una tradición que se pierde en la más remota antigüedad. Seguimos con la venda puesta y sin tomar medidas contra quienes buscan eliminar nuestras más claras señas de identidad. No acaba con una nación quien la ataca desde fuera, sino quien no la defiende desde dentro. Y Blas de Lezo -vasco, por si alguien lo ignora- sabía de lo que hablaba.

La afición de Bilbao se quedó sin ver banderillear a Ferrera. Pero en Cataluña hace años que no ven un pitón. Como en La Coruña. Y este año Vitoria -o Játiva- se han quedado sin toros por capricho de sus respectivos gobiernos municipales. Sigamos por ese camino y, un día, nos preguntaremos qué ha sido de España.

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