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Paco Delgado - 18/02/2016

No atraviesa el mundo de la tauromaquia por su mejor momento, precisamente. Y eso que se ha conseguido un tipo de toro que en una muy alta proporción embiste, que hay una bastante amplia selección de toreros que podrían figurar en cualquier antología del toreo y que, siendo el segundo espectáculo de masas tras el fútbol, las corridas de toros vieron el año pasado cómo aumentaba el número de espectadores que acudía a las plazas.

Sin embargo hay varios factores que le tienen atemorizado y con el alma en vilo.

La creciente, y parece que en aumento, marea antitaurina sigue procurando desagradables incidentes en casi todas las plazas que anuncian festejos y muchas son las marcas y empresas que, llevadas de un miedo absurdo -pienso también que cobarde e irracional: son infinitamente muchos más los que acuden a los tendidos que los que protestan por la celebración de las corridas y exponencialmente muchos más los que consuman sus productos que los que dejen de hacerlo por su apoyo a la fiesta- no quieren saber nada de patrocinios, publicidades ni verse relacionadas con este espectáculo, haciendo que sea mucho más dificultosa su promoción, divulgación y difusión.

Y es de mucho preocupar, por supuesto, que desde el propio negocio - inmovilista desde tiempo inmemorial- se  siga haciendo con garbo y donosura el don Tancredo, llevando a la práctica con arrojo suicida el carpe diem latino que acuñó y legó para la posteridad Horacio, y dejando, de manera bastante arriesgada y con no poca desvergüenza, que sean los propios aficionados quienes les saquen las castañas del fuego y lidien con los muchos problemas y obstáculos que cada día van surgiendo y cada vez con mayor frecuencia.

Y es para ponerse a temblar el comprobar cómo la situación política no augura nada bueno. De siempre la Administración ha tratado a la fiesta taurina de manera bastante displicente y teniéndola como mero objeto susceptible de prácticas recaudatorias que más semejan ser confiscatorias. Ningún gobierno se ha decidido a poner las cosas en claro ni, mucho menos, a echar a una mano a un sector que mueve millones de euros, da empleo a miles y miles de personas, mantiene un ecosistema propio y único -así como a una especie que de no ser por esta actividad habría desaparecido ya de la faz de la tierra- y constituye -otro argumento de no poco peso y que, sin embargo, apenas se tiene en cuenta- una de nuestras más considerables fortunas culturales y otra de nuestras más claras señales de identidad como pueblo.

Pues bien, en vías de formarse un nuevo gobierno, ninguno de los partidos políticos que optan a esta tarea parecen tener  sino aversión a los toros. Los unos por tibieza, los otros por buscar rédito y apoyos, los independentistas, dentro de sus pocas luces, por marcar diferencia, y los radicales por romper con todo lo que represente a España. Y ya es paradójico que alguien que aspira a gobernar un país trate por todos los medios el buscar la supresión de su carácter y la erradicación de su libertad en aras de un progreso que, entre otras pautas que ponen los pelos de punta, se basaría en el obligatorio sometimiento de los medios de comunicación a un Estado que lo controlará todo. ¿Y a esto lo llaman progreso? ¿Y a esto le votan millones de indignados? ¿Y con esta gente buscan gobernar los otros grupos aspirantes a regir nuestro destino?. Dios santo...

George Bernard Shaw, Premio Nobel de Literatura y ganador de un Óscar por su obra Pigmalión, tenía toda la razón del mundo cuando dijo que la democracia es el mejor sistema para garantizar que nadie tenga un gobierno que no se merezca. O dicho sin, naturalmente, el estilo y la clase del dramaturgo irlandés, tenemos lo que que nos toca. Por burros y melones.

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