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Paco Delgado - 01/09/2016

Todos los años, llegando el final del mes de agosto, parece obligado recordar la muerte de Manolete, una tragedia que sacudió a España entera y que, casi setenta años después, nos devuelve su memoria y la grandeza del toreo, un arte en el que se muere de verdad, como bien se está comprobando a lo largo de esta tan dura temporada.

También, por estas fechas y desde hace tres décadas, es de cumplido recuerdo el trágico percance que costó la vida a Yiyo en Colmenar, convertida ya aquella desgracia que privó a la tauromaquia de uno de sus nuevos más grandes exponentes en referencia indispensable de la agonía del verano.

Sin embargo, pocas veces se ha hecho mención en cien años de la mala suerte que tuvo un torero valenciano que vio truncadas no sólo sus ilusiones en las astas de un toro. Es ahora, cuando se cumplen cien años de aquella muerte, cuando es preciso hablar y escribir de Antonio Carpio.

Efectivamente, el pasado día 27 de agosto se cumplió un siglo de la muerte del diestro valenciano Antonio Carpio Ríus, maestro de profesión y que dio su vida por su gran pasión: los toros.

Tras una brillante etapa novilleril, con triunfos en plazas como Barcelona, Valencia, Almería, Zaragoza o Madrid, todo estaba preparado para que recibiese la alternativa en Madrid, en octubre de 1916, de manos del gran Joselito, nada menos. Pero antes, el 27 de agosto, Antonio Carpio tenía que torear en la plaza leonesa de Astorga. Era una corrida mixta en la que se lidiaba ganado de Ángel Rivas. Acartelados estaban el matador Serafín Vigiola ‘Torquito’ y Antonio Carpio, al que corresponde en maldita suerte el novillo de nombre ‘Aborrecido’. Manso de condición y dicen que burriciego. ‘Aborrecido’ hirió al valiente lidiador cuando éste lo lanceaba con la capa de forma temeraria, como en él era norma. Negándose a pasar a la enfermería en gesto muy torero, Carpio tomó la muleta para darle muerte. Pero en un cambio de mano el astado le volvió a cornear brutalmente, ahora en el muslo, partiéndole la femoral. Nadie, ni en la enfermería ni en el hospital al que se le condujo posteriormente, fue capaz de hacer cesar la hemorragia, falleciendo a consecuencia de esa herida y así lo reseñaba la revista Sol y sombra: "Antonio Carpio le había toreado por verónicas, apretándose de verdad, levantando al público de sus asientos por la temeridad y arrojo del diestro. Al rematar tan valiente faena con media verónica, fue alcanzado, siendo herido en la región glútea, negándose a pasar a la enfermería. Muy parado y derrochando valor empezó a muletear, dando cuatro pases buenísimos, para entrar de cerca y señalar buen pinchazo. El novillo estaba muy reservón y se adelantaba del lado derecho, y acercándose Carpio de nuevo obligó con el cuerpo y la franela a que embistiera el adversario. Al cambiar la muleta de mano se le arrancó el criminal, y cogiéndole de lleno le ocasionó la terrible cornada que le produjo la muerte. El infortunado Carpio se levantó, dispuesto, sin duda, y más valiente, a continuar; pero bien pronto cayó en brazos de las asistencias, que lo condujeron a la enfermería. Los médicos procedieron a hacerle una cura de urgencia, y ordenaron el traslado del herido al hospital. En la Casa de Misericordia se agravó tanto, que, después de recibir los auxilios espirituales, entregó su alma a Dios a la diez y media de la noche".

Antonio Carpio había nacido en el número 3 de la calle Mayor de Catarroja, el 11 de enero de 1895 y había obtenido el título de Maestro Elemental Superior, con el que comenzó a ejercer en el pueblo de su nacimiento, aunque al presenciar un día una novillada en Valencia se sintió atraído irresistiblemente a los toros, decidiendo dedicarse a ello sin más bagaje que un valor ilimitado y un entusiasmo todavía mayor. El 14 de enero de 1914 se presentó en Barcelona alternando con Cortijano y El Andaluz en la muerte de reses de Medina Garvey.

Émulo de Juan Belmonte, su escasa preparación hizo que fueran muchos los percances sufridos y, cuando hizo su debut en Valencia, el 25 de octubre de 1914, se cuenta que al salir de casa su madre le dijo: "déjate la vida en la plaza si quieres ser torero". Y así fue

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