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Paco Delgado - 18/06/2015

No está tranquilo el aficionado -como tal y como ciudadano- en este tiempo convulso y agitado. El cambio de signo político, tan brusco y radical como por aquí tenemos a gala hacer con casi todo, ha deparado un compás de espera expectante y nervioso.

Los abusos por parte de muchos de los que nos representaban y gobernaban -si bien hay otros muchos que lo siguen haciendo como si tal cosa y nadie les dice nada y les siguen votando con total confianza y en la espera de que les siga robando mano amiga- debían tener, naturalmente, consecuencias. Y así ha sido. Unido el hartazgo de la gente a la extraordinaria campaña publicitaria y propagandística que muchos medios han brindado a la izquierda más extremista y a la pésima defensa del partido hasta ahora gobernante con mayoría absoluta, el resultado ha sido si no inesperado sí más abultado de que en principio se creía. Pero España es como es, siempre vamos detrás del santo. O con velas y rezando o con estacas para destrozarlo. Pasamos de un extremo a otro sin apenas transición.
Nos rebelamos contra el invasor y, a renglón seguido, gritamos que vivan las caenas. Qué se le va a hacer. Somos así, inconsecuentes, volubles e irreflexivos. Y hay que atenerse a las consecuencias.

Decía al principio que los aficionados andan con la mosca tras la oreja por este drástico giro de nuestra política. Y con razón. Ni los precedentes ni los augurios son buenos y no son pocos los nuevos mandamases que ya han dejado entrever cuáles son sus intenciones con respecto a lo que para ellos es la bicha y una cruzada ya de tipo ideológico y personal.

Pero tampoco conviene precipitarse. Nunca las prisas han sido buenas consejeras y, como dicen los ingleses, wait and see. Espera y mira.

Esperemos a ver qué pasa y cómo se desarrollan los acontecimientos. La de los toros es una tradición fuertemente arraigada en España y no va a ser fácil eliminarla de nuestro ideario colectivo.

Hay que dar tiempo a los nuevos gobernantes a que expliquen sus ideas, propuestas y programas de gobierno. Pasa como con los toros, que tras haber sido cuidadosa y celosamente seleccionados, con unos antecedentes extraordinarios por parte de padre y madre, por vaya usted a saber qué causas o motivos, va y no embisten. El toro y el melón, como salen son, dicen el refrán. Pues igual. Es preciso esperar a ver qué postura se toma en función de lo que suceda. Siempre hay que lidiar en base a cómo es el toro que se tiene delante.

De momento, en San Sebastián, ciudad en la que durante varios años la fiesta taurina estuvo prohibida, el cambio político provoca su retorno. No olvidemos tampoco que el PSOE, partido que siempre ha contado en sus filas con grades aficionados y que parece ser que se hará cargo de la Diputación de Valencia -y por tanto de la plaza de toros y de todo lo que ella lleva aparejado-, fue en su momento defensor a ultranza de la cosa taurina y hasta, a la vista del desastre provocado por taurinos incompetentes, asumió la autogestión del coso de Monleón durante varios años, sin que las proclamas de algunos dirigentes de los grupos más extremistas -que pese a sus pocos votos llegan al poder merced a pactos y alianzas múltiples y extrañas- parezcan más que bravatas fruto de la excitación del momento y del desconocimiento -¿cuándo ha subvencionado el Ayuntamiento de Valencia espectáculos taurinos?- que voluntariamente han asumido con respecto a este particular de manera proverbial y de antiguo.

No quiere decir todo esto que no haya lugar a la inquietud y la zozobra, claro que sí, pero no conviene precipitarse ni dar pie a situaciones que se puedan poner luego en contra. Hay que estar preparado y tener a mano un buen arsenal de razones, motivos y conclusiones para esgrimir en defensa de una de nuestras más claras señas de identidad. Y que el melón no salga luego pepino.

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