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Paco Delgado - 11/02/2016

Cuando tantas voces, sobre todo de presuntos intelectuales, falsos progres y gente que se denominan a sí misma "de la cultura", claman por la supresión, abolición, prohibición, etcétera, de la fiesta taurina, pocos han reparado en que -demostrando por enésima vez que es cultura por encima de cualquier otra consideración- se trata de un espectáculo universal, atemporal e imprescindible para comprender muchas cosas. Por ejemplo, la vertiginosa ascensión de The Beatles - surgidos como los Marx de la nada- hasta las más altas cimas no de la miseria, como los cómicos estadounidenses, sino del éxito, la fama y la posteridad.

Y es que acaba de publicarse una biografía de quien fuese su descubridor y primer mánager, Brian Epstein (pronúnciese Ep-steen), a cargo del escritor y guionista Vivek J. Tiwary e ilustada pr Andrew C. Robinson y Kyle Baker, en la que se pone de manifiesto el decisivo papel que jugó la fiesta de los toros en su futuro cuando eran apenas conocidos por sus amigos de barrio.

Tras su aventura alemana y en su época de The Cavern, el mítico local de su Liverpool natal, Brian Epstein (pronúnciese Ep-steen), a la sazón próspero empresario de electrodomésticos y director de una de las más importantes tiendas de discos de aquella ciudad, fue avisado por uno de sus colaboradores -después de haber quedado intrigado por la petición de un cliente de uno de los primeros discos que habían grabado con Tony Sheridan y reconocer que no sabía quiénes eran- de su actuación y quiso comprobar in situ qué hacian aquellos músicos para él desconocidos. Y lo que vio fue impactante. El despliegue de energía, imaginaciòn, frescura, descaro, ingenio y decibelios de aquellos jóvenes caló profundamente en el industrial que confesó haber tenido, al verles y escucharles por primera vez, una especie de éxtasis en el que imaginó a aquellos rockeros enfundados en chupas de cuero transfigurados en... ¡un torero!, un diestro, vestido de azul celeste y oro que entusiasmaba al público con su dominio sobre el toro y el arte que desparramaba mientras lo hacía. Cuando volvió en sí, y mezclando todavía imágenes de ruedos, muletas y amplificadores, contactó con ellos y les ofreció ser su mánager y convertirles en estrellas más grandes que Elvis. Como así sería, enlazando aquella visión con un pensamiento de Juan Belmonte -”Cuando toreas estás completamente solo aunque en la plaza haya miles de espectadores. Es una soledad inimaginable. Sólo puedes sentir en ese momento al toro”- y que se utiliza para separar dos capítulos.

Hay que decir que Epstein (pronúnciese Ep-steen) era un enamorado de los toros desde que, en unas vacaciones, vio su primera corrida y decoró su habitación con carteles de toros y estampas toreras. Tanta y tan manifiesta era su afición que en la portada de esta biografía aparece ataviado con un traje que recuerda al de luces y con un capote de brega que sirve de hilo conductor para que de él salgan los músicos. También, en otro viaje a España, en 1963, llevó a Lennon a ver una corrida, explicándole que “los toros son un deporte agresivo y bello. En su momento final de triunfo el matador se convierte en la muerte. Mata a la máquina de matar. Pero antes ha otorgado su gloria al toro, ha mostrado al mundo su belleza, su poder, su majestuosidad... También da a los aficionados algo en lo que creer, algo que admirar. Da esperanza a la gente”. Una reflexión que podria haber firmado tranquilamente cualquier exégeta de la tauromaquia. Su admiración por los toros la transmitió a sus pupilos, que cuando vinieron a tocar a Madrid y Barcelona, no tuvieron problemas para bajar del avión tocados con monteras, dejarse fotografias vestidos de toreros o actuar en plazas de toros.

Todo esto viene reflejado en esta obra que edita Panini y que le tiene como "el quinto beatle", denominación esta que también ha recaído en Pete Best -el primer baterista del grupo y que fue sustituido por Ringo-, Klaus Voorman -bajista y artista alemán que intimó con ellos e incluso actuó con frecuencia a su lado-, George Best -el futbolista irlandés que sólo tuvo en común con ellos el pelo largo-, o George Martin, el productor y artífice del sonido inconfundible de los Fab four y que hasta firmó una extraordinaria sinfonía que se utilizó como cara b en Yellow submarine y banda sonora de la peícula homónima. Pero, sin duda, tras ellos quien siempre estuvo pendiente de que su carrera fuese ascendente -y convertirles en más grandes que Elvis- fue Epstein (pronúnciese Ep- steen), un apasionado del espectáculo taurino y cuya fascinación por el mismo sirvió para convencerle de que aquellos críos -que en diez años iban a modificar tres veces el curso de la música popular- lograrían ser tan famosos como El Cordobés. Y más que Elvis.

 

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