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Paco Delgado - 28/01/2016

Desde luego, no es esta la mejor época para la fiesta de los toros. Y no por que no haya extraordinarios toreros, que los hay, vaya si los hay, o por que no embistan los toros, que embisten, ya lo creo que embisten. Ni por que haya crisis de público, que tampoco -entre enero y julio del pasado año, las plazas de nuestro país habían acogido a más de dos millones y medio de espectadores, es decir, que cada festejo celebrado en aquellos siete primeros meses de 2015 reunió un 4% más de público que en 2014-, ni de aficionados... ¿Qué sucede entonces? ¿Dónde está el misterio? Pues en que asistimos, muchas veces desprevenidos, a menudo atónitos y casi siempre sin respuesta, a una campaña de acoso y derribo del espectáculo taurino.

Hasta ahora la cosa venía fosca por el prácticamente nulo apoyo recibido por una administración avarienta y confiscatoria y para nada interesada en otra cosa que no fuese recaudar y a la incapacidad casi congénita de los responsables del negocio taurino por achicar el agua que amenazaba con hundir una nave que siempre se mantuvo a flote por sus propios medios.

Pero desde hace unos años, y alentada, y promovida, y financiada, y jaleada, por tirios y troyanos, hay una manía persecutoria contra todo lo taurino que raya en lo intolerable e inadmisible. Los mal llamados animalistas, los mucho peor llamados ecologistas -¿cómo pueden llamarse ecologistas quienes pretenden la desaparición de una especie y de un ecosistema?-, muchos nuevos partidos políticos y asociaciones radicales y antisistema y determinados medios de comunicación, que no sólo ignoran olímpicamente el tema taurino sino que lo atacan con saña en cuanto pueden, vienen actuando, perfectamente orquestados y organizados, en pos de la demonización de la fiesta y su posterior y consecuente abolición.

Y si faltaba algo, ahora salen determinadas empresas que hacen público su rechazo a un espectáculo y a un negocio que procura, al margen de otras cuestiones, trabajo para varias decenas de miles de personas e importantes réditos económicos, dejando al margen sus aspectos culturales, artísticos y demás etcéteras.

Y no sólo niegan y reniegan de los toros sino que, como en el caso de una importante firma aseguradora, piden perdón por haber cometido el pecado de, en algún momento de ofuscación o atontamiento, haber invertido en publicidad para medios taurinos. Muchas son las empresas que se niegan a que su nombre aparezca relacionado con los toros y que sin embargo sí compran abonos y entradas para sus trabajadores y clientes, en un ejercicio de fariseísmo sonrojante pero lícito. No se puede obligar a nadie a invertir en publicidad donde no le interese. 

Es famoso el caso de una de nuestras más grandes cerveceras que patrocinaba a una de las más importantes plazas de toros de España. 

Hasta que un día recibió una carta -¡una!- de un furibundo antitaurino que no podía creer que aquella empresa destinase una parte de sus beneficios a publicitarse en un espectáculo en el que torturaban a un pobre e indefenso animalito. Visto y no visto, los ejecutivos a quien correspondiera perdieron el culo y anularon el contrato que tenían con la plaza, manteniendo su aportación económica en secreto- hasta que expirase la relación contractual, claro- pero exigiendo que su nombre y logo desapareciese inmediatamente de cualquier soporte que tuviese relación con el coso taurino y su actividad natural. ¿Qué les parece?

No soy partidario de la ley de Talión ni del ojo por ojo, pero, en este caso sí que pienso que habría que contraatacar, al menos. No se puede obligar a nadie a hacer algo que no quiere, eso está claro, pero sería bueno que se organizase una campaña a la contra y se animase a los aficionados, a los profesionales y todo aquel que tenga que ver con los toros a dejar de contratar pólizas con la indigna aseguradora y abstenerse de beber la cerveza que gestionan hipócritas que se la cogen con papel de fumar.

Paguemos con su misma moneda.

 

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