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Paco Delgado - 10/09/2015

Coincidiendo con su sexagésimo séptimo aniversario y con la feria de esta tan taurina ciudad, la afición de Albacete, a través de la iniciativa de un grupo representante de sus peñas y asociaciones coordinado por el gran Vicente Sáez -uno de los personajes más activos y conocidos del lugar-, se ha instalado, o estará a punto de hacerlo -depende de qué día se publiquen estas letras-, un monumento a uno de los matadores locales que, tras Pedro Martínez “Pedrés”, más ha identificado a esta ciudad a lo largo y ancho de la geografía taurina: Dámaso González.

Aunque al parecer ha habido algún que otro desacuerdo con no pocos que consideran que, siguiendo y respetando la antigüedad, debería haberse tenido prioridad con Pedrés, diestro que, efectivamente, desde sus tiempos de novillero y sus primeros años como matador, allá a mediados del pasado siglo, fue el primero que puso a Albacete en el mapa, convertido en figura y presente en todas las ferias, su figura se asoció enseguida con su ciudad e hizo mucho para el afianzamiento de la afición en esa tierra y la promoción de la misma al tiempo que lo hacía con la propia fiesta.

No cabe duda que Pedrés merece un reconocimiento y el tener su estatua frente a la plaza, como también la tiene el infortunado Chicuelo, pero, naturalmente, también Dámaso, cuya trayectoria se dilató más en el tiempo, ocupando más de treinta años en varias etapas, pero siempre en plan estelar. Y, otra cosa, es de un proyecto particular el que surge este homenaje a un diestro que, por ejemplo, ha toreado gratis hasta dieciséis tardes para ASPRONA y siempre ha estado muy vinculado a su ciudad e involucrado en y con ella.

Aunque al principio no pocos aficionados -siempre los hay intransigentes e impacientes- y una amplia parte de la crítica le hicieron de menos por el escaso control que ejercía sobre sus oponentes en sus primeros años vestido de luces -eran muy frecuentes las volteretas y porrazos que recibía cada tarde en sus inicios- y una estética más bien desangelada. Pero, sin desmoralizarse, sin perder la fe en sí mismo y su potencial, no tiró la toalla y, poco a poco, fue asimilando la técnica, cogiendo sitio y afianzándose frente al toro, demostrando que no era sólo valor su capital, evidenciando su personalidad y capacidad para hacer frente y dominar todas las suertes, sin hacer ascos a las ganaderías más duras. Su toreo tuvo el máximo seguimiento del público y reconocimiento del resto de sus colegas, siendo su control con la muleta lo que logró, al fin, convencer a todos.

También ocurrió, por ejemplo, que en Las Ventas -la plaza más exigente del mundo y con un elevadísimo índice de mala leche - se pasase de contarle con aburrimiento sus multados -hubo faenas de más de cien- a caer rendidamente admirados de su temple y poder sobre los toros, convirtiéndose en paradigma de diestro poderoso y dominador. Y también se dijo que de haber tenido la apostura de cualquiera de las otras figuras de su quinta él hubiese sido el más sobresaliente representante de la torería de los últimos años del siglo XX.

Asimilado ya a sus habituales y famosos trajes caña y oro, su figura enjuta y cetrina se agigantaba en el ruedo, logrando que fueran muy pocos los toros que no acabaron rendidos a una de la muletas más importantes que ha dado la historia de la tauromaquia. Valiente como el que más e inasequible al desaliento, echando siempre el trapo al hocico del animal y tirando de él con una suavidad extraordinaria, lograba imantar en ella al astado más renuente, aunque para ello sus faenas tuviesen que ser a veces de largo metraje. Pero, al final, el resultado era lo que contaba, y lo que sucedía es que, en un muy alto porcentaje, sus toros caían vencidos por su ciencia y paciencia.

Grande, muy grande, Dámaso. Y sin desmerecer a Pedrés, a quien, desde luego, hay que poner otro monumento, merecidísimo el reconocimiento que ahora se le hace para la posteridad

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