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Paco Delgado - 06/08/2015

Aunque la movida antitaurina sigue dando que hablar y para escribir, así como la cara dura de algunos taurinos, que aprovechan el río revuelto para meterse unos miles de euros al bolsillo echando la culpa a los que prohíben, es de justicia, y no quiero que pase más tiempo sin hacerlo, hablar de Rafael Rubio, ese gran torero que se hace llamar en los carteles Rafaelillo, un apodo que no le hace justicia, dados sus muchos méritos y talla profesional.

Desde que el sevillano José Delgado Guerra comenzó a despuntar -y, sobre todo, a raíz de su muerte en las astas del toro Barbudo, en el primer año del siglo XIX-, hizo gracia y fortuna el diminutivo como alias. Gallito, Joselito, Chicuelo, Manolete, los distintos Niños que  han sido, Antoñetes, Pedrines, Miguelines, Paquirris, Jesulines y un largo etcétera han poblado carteles y páginas de la historia de la tauromaquia.

No es el que nos ocupa el primero que usó este sobrenombre. Rafael Ponce, tío abuelo del gran Enrique Ponce, ya se anunciaba así hace setentaytantos años, y desde el último cuarto del pasado siglo dejó su impronta Rafael Gil, el gitano de los ruedos, un torero mejicano, clásico y romántico, que se cortó la coleta hace un par de años tras una larga e irregular carrera.

También tiene ya un sitio en los anales de la historia el Rafaelillo que nos ocupa, diestro murciano que debería ser llamado, y con mayúsculas, Rafaelazo. O Rafaelísimo. O Rafaelón. Porque su talla profesional, artística y humana excede con mucho a la física y, desde luego, no está acorde con el sufijo que le personaliza su nombre.

Lo demostró hace unos días en Valencia, ante una señora corrida de Miura. Toros con volumen, seriedad y la proverbial mala leche que les caracteriza. Que es algo que debería ser común a los de su especie. Reses que aprenden pronto y que exigen mucho. Y con las que hay enseñar los papeles. Y vaya si los enseñó el murciano. Con un lote que tuvo mucho, mucho que torear estuvo muy firme, muy dispuesto, valiente a carta cabal -y con la mente fría, despejada y funcionando a pleno rendimiento- y sabiendo qué hacer y cómo hacerlo en cada momento.

Se fue a recibir a su primero a porta gayola, fue arrollado al llevarle al caballo y también su banderillero José Manuel Montolíu se llevó una voltereta al colocar el primer par. Luego anduvo valentísimo y entregado con un toro que se revolvía con presteza y sentido, mirando mucho y sin rendirse, superándole tras un trasteo largo y emocionante en el que sacó todo lo que tuvo el animal.El tercero, al que picó magistralmente Juan José Esquivel, se le coló con peligro nada más comenzar la faena de muleta y aunque tomaba bien el engaño, al tercer muletazo sabía ya lo que se dejaba detrás. Rafael volvió a estar hecho un jabato y con los pies clavados al suelo, procurando templar y ligar los muletazos y aceptando la pelea cuerpo a cuerpo cuando le obligó un toro que acabó pensándoselo mucho. Se lució al torear de capa al quinto -“Ratón” de nombre, nada menos-, con el que volvió a darlo todo en el último tercio, toreando ahora con temple y reposo puesto que templado y atemperado fue el de Miura y aunque por el pitón izquierdo le costó más, supo buscarle las vueltas para exprimirle en una vibrante faena tan bien concebida como ejecutada.

Una oreja fue su cosecha, pero eso es lo de menos. Lo que importa es la demostración -una vez más: recordemos, también en Valencia, su actuación ante los cuadri el año pasado, en Castellón, también con reses de Cuadri, hace un par de temporadas, en Las Ventas en el último San Isidro, otra vez con miuras y tantas y tantas otras veces- de una capacidad y un corazón a los que no les encaja el diminutivo.

En tiempos de no poca vulgaridad, posturita -o postureo, como dicen ahora los modernos-, simulación y toreo de poco compromiso, toreros como este Rafael Rubio -y toros como los que se ventila- deberían tener un mayor protagonismo. 

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