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En el mundo de los toros, como en cualquier otra actividad humana, y  mucho más si es cara al público y la categoría de cada uno depende de  su tirón taquillero, las figuras son las que llevan el peso del  sector y las que tiran del carro.
Paco Delgado - 08/02/2018

En el mundo de los toros, como en cualquier otra actividad humana, y  mucho más si es cara al público y la categoría de cada uno depende de  su tirón taquillero, las figuras son las que llevan el peso del  sector y las que tiran del carro.

El torero cumbre, el mandón, la estrella, el que -como decía Blasco  Ibáñez- se conoce más que a los ricos, no ha llegado a ese puesto ni  a ese punto por nada. Años de esfuerzo, sacrificio, lucha y trabajo  han sido necesarios para que su talento y facultades luzcan y le  doten de dicha consideración. Un status que le otorga no pocos  privilegios, pero, ojo, también obligaciones y deberes. Como el de  dar la cara.

Si repasamos la ya larga y densa historia de la tauromaquia se puede  comprobar que los toreros que han llegado a lo más alto han tenido  que apechugar con esa responsabilidad, una carga que les ha  ocasionado no pocos problemas y muy a menudo el tener la enemiga del  público, que -recordemos que España es el país en el que nos ha  tocado vivir- suele ser especialista en levantar ídolos para  enseguida tratar de destruirlos con por lo menos el mismo ahínco con  el que se luchó por levantarlos y destacarlos del resto.

Unos deberes que, ahora y para algunos, parece que no cuentan. Vemos  con asombro como, por ejemplo, Morante de la Puebla -paradigma del  torero artista, máximo representante actual de una clase de matadores  que desde Rafael El Gallo ha tenido multitud de seguidores-, uno de  los nombres de mayor relevancia en la actual nómina torera, por un  arrebato, un sofocón tras una mala tarde, decide cortar la temporada  y dejar colgados no sólo a sus seguidores, sino a los empresarios que  le tenían contratado y que sobre él habían levantado carteles, ferias  y no pocas expectativas. Y no contento con eso, que ya es, aguarda a  comenzar su siguiente ejercicio a mitad casi de temporada y obviando  plazas fundamentales y de primer orden.

Y, otro ejemplo, José Tomás, ahora mismo el torero más taquillero,  espacia tanto sus actuaciones que hay temporadas que las pasa en  blanco, cumpliendo luego campañas en las que torea tres o cuatro -o  una- corrida y no entrando en sus planes, desde luego, el anunciarse  en la feria de fallas, Sevilla, San Isidro, Pamplona o Bilbao, por   recordar ciclos y cosos en los que de verdad se distingue quién es  figura y quien figurante.

Ya se que cada cuál piensa de una manera y cada uno tiene sus ideas,  planteamientos y planes pensando en lo que más le conviene y ahí no  se puede entrar ni discutir, faltaría más. Pero sí que es preciso  señalar que, aquí y ahora, cuando se atraviesa un momento tan  delicado para la fiesta nacional por tantas cosas -el acoso de  partidos radicales y de grupos animalistas y ecologistas; la dejadez  e indiferencia del resto de partidos; el abandono de los medios  generalistas, principalmente radio y televisión; la pasividad de los  dirigentes de la cosa taurina y el desapego de la Administración- es  a esos toreros punteros, a las figuras, a quien corresponde acatar el  mando y decir aquí estoy yo. Vamos a sacar esto adelante y vamos a  poner La Maestranza boca abajo. Y luego Las Ventas. Y el que quiera,  o pueda, que me siga. Son los más brillantes, los mejores, como  siempre, lo que tienen la obligación moral de estar en el frente  cuando las cosas viene mal dadas.

Y no es por señalar, pero en ese plan, y lleva ya casi treinta años,  de los pocos que dan ese paso adelante es Enrique Ponce y al que  harían muy bien en imitar muchos de esos colegas suyos a los que nos  gustaría tanto ver como dan la cara en vez de esgrimir argumentos tan  de respetar pero de no compartir.

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