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Paco Delgado - 08/06/2017

Que nos ha tocado vivir una época mala, está claro. Que hay que  lidiar con moruchos y marrajos de poca o nula casta y menos nobleza,  es evidente. Pero lo que no deja de chocar es cómo y porqué hemos  consentido que haya llegado a gobernar -o, mejor, mangonear- cierta  clase de individuos -e individuas- que no tiene formación,  preparación ni educación.

Habría que recordar que al hablar de gobernar se hace referencia a la  acción del manejo de autoridad sobre un espacio específico, que puede  ir desde un país hasta un hogar, en el que la persona encargada de  hacerlo será la responsable de gestionar las acciones de aquellos a  los que gobierna y manejar los bienes comunes, que estarán al  servicio del pueblo. O sea, de todos. Algo que ahora mismo no está  sucediendo en España.

El experto en política -politólogo, que dicen ahora- M. G. Smith  señala que un gobernante debe tender puentes de diálogo y de gestión   para poder gobernar un país, siendo fundamental que la persona que  esté gobernando un país tenga una alta capacidad de diálogo, de  escucha, de honestidad y sobre todo de retribución a la ciudadanía,  lo que se verá reflejado en las obras que esta persona realice.

Pues por estos lares, lo que se lleva es lo contario, romper aquellos  puentes y tratar de dividir, acabando y prohibiendo todo aquello que  a ellos -sin pensar en los demás, y mucho menos en sus gobernados- ni  les gusta ni les viene bien a sus planes.
¿Qué obsesión tiene contra los toros la nueva izquierda radical,  presente en no pocas zonas de nuestro país? ¿Por qué esa manía de  buscar su abolición a toda costa? ¿No habría que atender a otros  asuntos mucho más urgentes y decisivos para intentar salir, de una  vez por todas, de una crisis que avanza en círculos pero que no  desaparece? ¿Nadie les advierte de que están haciendo el ridículo y  demostrando no sólo odio y fobia enfermizos? ¿No se dan cuenta de que  se está poniendo de manifiesto, un día sí y otro también, una  ignorancia que les debería inhabilitar para cualquier cargo público?  Dejando fuera de esta queja el latrocinio y la mangancia -males  parece que endémicos e inherentes a quien nos manda, sean del bando  que sean-, no es de recibo que una alcaldesa prohíba el himno  nacional. Ni que la presidente de un parlamento autonómico anime a  los ciudadanos a desobedecer las leyes, ni que un concejal pretenda  suprimir, por sus santas narices, una manifestación cultural  legalmente autorizada...

¿No se les cae la cara de vergüenza a los que clamaban y se rasgaban  sus vestiduras por relacionar a Miguel Hernández con los toros? ¿No  es para echar de cualquier cargo a quien pretendía confundir a la  gente diciendo que Goya era antitaurino? ¿No es para desconfiar de  quienes buscan sentimientos contrarios al espectáculo taurino en  Picasso, nada menos? Y tampoco salen bien parados quienes pudiendo  frenar estas tropelías y disparates hacen, de manera magistral, el  Don Tancredo y miran para otro lado, buscando que la cosa no les  salpique lo más mínimo y poder seguir disfrutado del chollo caiga  quien caiga y pasando por encima de lo que sea ¿Dónde está la  dignidad? o, peor, ¿la conocen?.

Ahora nos toca a nosotros, al sujeto paciente -qué apropiada  analogía: borregos-, a los gobernados: ¿Cómo hemos dejado que esto  suceda? Puede que, al final, sea cierto que entre el gobierno que  hace el mal y el pueblo que lo consiente, haya cierta solidaridad  vergonzosa. Víctor Hugo sabía de qué hablaba. No en vano escribió Los  miserables.

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