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Paco Delgado - 14/07/2016

Precisamente ahora, cuando arrecian los ataques de los antitaurinos, mal llamados animalistas, mal llamados ecologistas, financiados por oscuros intereses comerciales y políticos y apoyados por parte de esta nueva izquierda radical antiespañola y buena parte de partidos corruptos, timoratos y con doble moral, que buscan sólo su propio provecho, absteniéndose o votando en contra del espectáculo taurino cuando así conviene a sus intereses, el toreo está dando lecciones.

En pocos días se ha podido ver cómo un torero, Manuel Escribano, era corneado de manera brutal por un toro en Alicante, otros tres, Roca Rey, Javier Jiménez y Eugenio de Mora, sufrían heridas de consideración en Pamplona sin que por ello tirasen la toalla y siguieron en el ruedo hasta terminar con lo que les había llevado allí, y otro, Víctor Barrio, caía herido mortalmente en Teruel.

Y ha sido en esos dramas y tragedia -los más cercanos en el tiempo, hay cientos de casos que se podrían aprovechar- cuando ha vuelto a emerger, de manera esplendente, el papel de héroe que juega el torero. Del latín heros, que a su vez deriva de un vocablo griego, la palabra héroe hace referencia a un hombre que es famoso, ilustre y reconocido por sus virtudes o hazañas. El héroe encarna la quintaesencia de los valores dominantes en una cultura y, qué duda cabe -si no se es un inculto o se va de mala fe- que en la nuestra el torero se alza como portador de ese concepto. No ya por la atracción que despierta su figura ni por la extraordinaria dimensión que comporta su cometido, sino por que sabe que para conseguir y alcanzar su objetivo pone en juego todo lo que posee y tiene conciencia plena que lo puede perder casi con el mismo porcentaje de posibilidades que hay de obtener el éxito en su tarea. Un héroe lo es en todos sentidos y maneras, y ante todo, en el corazón y en el alma, escribió en el siglo XIX el historiador, pensador y ensayista inglés Thomas Carlyle, si bien un torero lleva la muerte junto a él cada tarde que se viste de luces, siendo perfectamente aplicable a ellos la cita  de Scott Fitzgerald: Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia, como desgraciadamente ha ocurrido con el torero segoviano hace unos días.

Una vez más ha quedado demostrada la grandeza del toreo, su terrible autenticidad: este espectáculo es de verdad. Aquí no se finge, aquí no hay dobles que ocupan el lugar del protagonista para interpretar las escenas peligrosas. La realidad cierta de la muerte está siempre presente en el ruedo y así se manifestó trágicamente en Teruel. El fallecimiento de Víctor Barrio ha vuelto a demostrar que el toreo es algo especial, algo que no se puede encontrar en ningún otro espectáculo y que le confiere un halo especial y un aura de heroicidad a quien se pone delante de un toro.

Sorprende -no tanto si se tiene en cuenta la poca o nula atención que los medios de comunicación prestan actualmente al mundo de los toros- la condición heroica y el protagonismo que adquiere cualquier actor, cantante o deportista famoso -no digamos si se trata de un futbolista de elite- por una ruptura sentimental, una borrachera o simple rozadura en un dedo del pie y el ninguneo que sufre un torero no ya por ser capaz de vérselas y poder a un toro día tras día, sino hasta cuando se ven sus carnes rasgadas. Y sorprende y le llevan a uno los demonios cuando -como por ejemplo, tras lo sucedido con el pobre Víctor Barrio- se comprueba la existencia de desalmados que les insultan y se alegran de la desgracia. Es el caso de los canallas - parece que uno de ellos es docente: así se explica en gran parte la pobreza intelectual de nuestra sociedad- que han maldicho al torero caído y piden la misma suerte para su familia, evidenciando no sólo su bajura moral, también su talante mezquino y su falta de respeto para un ser humano, ellos, que se dicen defensores de los animales y dotados de altura de miras.

Pero con esta basura también se pone de manifiesto la diferencia que existe entre la gente del toro, incluyendo, por supuesto, a los aficionados, y los detractores de la tauromaquia, quienes actualmente han dejado ver una miseria como personas y una falta de ética que chocan frontalmente con los postulados que proclaman: defender la vida por encima de todo. Alegrarse de la desgracia ajena es algo absolutamente miserable y si lo es por interés propio es que estamos ante alguien que no merece ni la pena ni que se le dedique una sola línea más sino es para condenar su acción y pedir a Dios que se apiade de su alma ennegrecida y sucia.

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