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Paco Delgado - 29/09/2016

El mundo taurino, especialmente sus responsables y quienes manejan el negocio, debería mirar más estas cosa, bueno, estas y muchas más, desde luego y no estar sólo preocupados por la manera de que sus cuentas engorden.

A lo largo del año hay una serie de fechas que deberían ser de obligado cumplimiento y santificación, por lo que significan, suponen o recuerdan. Y una de ellas es, naturalmente, el 26 de septiembre, festividad de san Cosme y san Damián, dos hermanos médicos cristianos, célebres por su habilidad en el ejercicio de su profesión y por su costumbre de prestar servicios desinteresadamente y que fueron torturados por orden de Diocleciano hacia el año 300 d. C. por su fe y día en el que, en 1984, Francisco Rivera Pérez "Paquirri" fue herido mortalmente en Pozoblanco.

Fue aquella una tragedia que sacudió a toda España y, tras unos años en los que el toreo andaba adormilado y plano, sirvió de detonante y revulsivo. Los toros matan. Lo que se hace ante ellos no es un juego ni un ballet inofensivo. Y quedó patente aquella noche de principios de otoño.

Una figura del toreo, como lo era Paquirri, y personaje habitual aunque esto fuese algo que no le hacía ninguna gracia de las revistas rosa y prensa del corazón entonces afortunadamente no había cadenas de televisión que se dedicasen única y exclusivamente al cotilleo y a fomentar la cultura de bragueta debido a su líos sentimentales y su reciente matrimonio con Isabel Pantoja.
Pero, por encima de todo y de cualquier otra consideración, Paquirri era torero. Un diestro excepcional y un nombre imprescindible a la hora de contar la historia de la tauromaquia. Sobre todo cuando se habla del toreo del último cuarto del siglo XX.

Hijo del novillero Antonio Rivera Alvarado encargado asimismo del matadero municipal de la ciudad gaditana de Barbate, donde Paquirri aprendió su oficio- pronto destacó entre los por entonces muchos novilleros que funcionaban. Pero no fue la suya una carrera fácil y eso lo comprobó el mismo día de su alternativa, resultando cogido antes de que Antonio Bienvenida le pudiese hacer matador de toros, grado que alcanzaría unas semanas más tarde, de manos de Paco Camino y en la misma Monumental de Barcelona donde fue herido aquel 17 de julio de 1966.

Casi desde aquel día fue el suyo uno de los nombres indispensables en cualquier plaza o feria que se preciase, toreando un elevado número, de festejos cada temporada y viajando con frecuencia a torear a cosos americanos, formando más tarde parte del llamado cartel de toreros, banderilleros, que tanta fortuna tuvo entre el público. Pero el éxito no le salió gratis y muchas fueron las cornadas que dejaron su cuerpo hecho un mapa de cicatrices.

Dedicado en cuerpo y alma a su profesión -cuenta El Soro que, cuando convivía en el campo con él, imponía a todos los que con él estaban un ritmo intensísimo, con un estilo de vida espartano y durísimos entrenamientos que iban desde el amanecer hasta la noche: el toro exige todo esto y más, les aleccionaba-, logró poseer una técnica perfecta que complementaba con un valor a prueba de cornadas y un pundonor sin límites, por lo que no es de extrañar que llegase a ser uno de los toreros más cotizados de su tiempo.

Pero, como suele suceder con los héroes, su talante quedó reflejado e inmortalizado paradójicamente el día de la fatal cogida de Pozoblanco, cuando, con una cámara de televisión por testigo y una serenidad que confirma aquella condición heróica, aleccionaba al médico sobre el percance: "La corná es fuerte, hay una trayectoria p’allá y otra p’acá. Abra y haga lo tenga que hacer". Pero lo que pudo fue más bien poco y en el trayecto hasta un hospital de Córdoba se le fue la vida, como dice la copla que la Pantoja le cantaba: "Ese barco velero cargado de sueños, cruzó la bahía, me dejó aquella tarde agitando el pañuelo sentada en la orilla...".

Treinta y dos años más tarde, la gente le sigue recordando con admiración y cariño. Y el calendario del toreo tendría que llevar en rojo esta fecha, 26 de septiembre, Paquirri, torero de los pies a la cabeza.

 

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