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Paco Delgado - 20/07/2017

Todo un éxito ha resultado la iniciativa de la Diputación de  Valencia, organizando un certamen en su plaza de toros para que  actuasen alumnos de las escuelas de tauromaquia de España, Francia y  Portugal. Un evento en el que se ha visto a chavales que, el día de  mañana, pueden ser figuras. Y aunque el camino es mucho más largo y  sinuoso que al que cantaban The Beatles en el histórico hit de Lennon  y McCartney, halagüeño es el futuro, visto lo visto, para, por  ejemplo, Manuel de los Reyes, de la Escuela de Cataluña, Rafi, de  Nimes, Francisco de Manuel, de Colmenar Viejo, Borja Collado y Jordi  Pérez de Valencia, Joao d’Alva, de Villafranca de Xira o el murciano  Ramón Serrano. Y, aunque ejercieron como subalternos, también es de  destacar y resaltar como merece la actuación de otros dos chicos de  la escuela valenciana, Mario Hueso, que a lo largo de los tres días  derrochó afición, pundonor y ganas, dejando ver sentido de la  colocación y visión de la lidia, y Alejandro Contreras, que lidió con  criterio y eficacia.

Pero con ser todo eso importante, muy importante, también lo es el  que la plaza registrase grandes entradas a diario. Y eso que apenas  se dio publicidad a la cosa y hubo mucha gente que ni se enteró. Aún  así -si, también es verdad que era gratis- los tendidos del viejo  coso de Monleón tuvieron más público que muchos espectáculos de  abono, lo que va muy bien para ir haciendo clientela, acostumbrando  al personal a ir a la plaza y, ojo, esto es vital, aficionar a los  más jóvenes.

Ese fue el otro gran éxito del concurso de escuelas que sirvió de  prólogo a la feria de julio. Muchos niños, cientos o hasta miles de  ellos, desde casi bebés hasta adolescentes, se pudieron ver estos  días por la plaza. Pequeños futuros aficionados que en muchos casos  no aguantaron bien la duración de los festejos -es excesivo, también  para los mayores, que una clase practica se vaya hasta las dos horas  y media- pero que en muchos otros siguieron atentos y expectantes lo  que pasaba en el albero. No fueron pocos los que, al finalizar la  función, saltaban al ruedo y trataban de repetir e imitar lo que  habían visto un poco antes. Otros, incluso, acompañaron a los  destacados en sus triunfales y orgullosas vueltas al ruedo, dejando  ver que la afición por los toros la llevan ya muy dentro.

Y de entre tanto crío como se pudo ver, es de destacar el ejemplo de  un infante creo que inglés -en inglés hablaba y por su aspecto, y el  de sus papis, pecosos, más pelirrojos que rubios, con sandalias y  calcetines, camiseta y pantalón corto, sombrerito de exploradora la  mami, puede que no yerre haciéndole británico-, absorto, embobado con  lo que veía en el ruedo. Me hizo gracia y me fije en él un buen rato.  No quitaba ojo de lo que sucedía en la arena y, como había cosas que  no entendía, preguntaba a su padre, que tampoco parecía darle  respuestas satisfactorias. Esperé a ver cómo reaccionaba cuando se  matase al eral, pero la verdad es que no pareció dar más importancia  al hecho que la que realmente tiene. No retiró la vista, ni dio  muestras de repugnacia, temor ni rechazo: hasta incluso esbozó un  amago de aplauso cuando el astado dobló y el espada saltaba jubiloso  por lo hecho. No le sentó nada bien en cambio, que su progenitor, al  cabo de un rato, le dijese que había que irse. El chiquillo quería  seguir contemplando aquella novedad que tanto le fascinaba y protestó  lo que pudo pero sin éxito, siendo sacado casi a rastras de la  localidad que ocupaba.

Pero la sorpresa más grande me la llevé al día siguiente, cuando,  junto a sus padres, le ví llegar a su sitio, más contento que unas  pascuas. No se perdía detalle, seguía la lidia con tanta admiración  como curiosidad y tentado estuve de bajar de mi localidad e ir  explicándole los cómo y porqué de lo que sucedía entre toro y torero.  Pero ni tengo tanto dominio del inglés ni podía dejar de hacer mi  trabajo, aunque no estaría de más que alguien tomase nota y se  llevase cada tarde de corrida a grupos de niños a los que se les  fuese contando qué es lo que pasa en una festejo taurino. Así es como  se va fomentando la afición y así es como se debe ir renovando al  público, sin que se deje esta cuestión al albur ni que ello se  produzca por generación espontánea.

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