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Paco Delgado - 19/03/2015

Hace casi veintiún años, por la puerta grande del coso de Monleón, El Soro salía a hombros junto a Enrique Ponce y Espartaco. Aquel día de San José de 1994, sin que nadie lo supiese ni adivinase, se ponía fin a una de las épocas más importantes y decisivas de la plaza de Valencia y de la tauromaquia valenciana. Pero tras dos décadas de sufrimiento y lucha, con casi cincuenta operaciones a cuestas y más de medio siglo en su carnet de identidad, El Soro ha dado una lección de pundonor, de casta y de fe en sí mismo y en sus posibilidades. Ha creído en un sueño y ha logrado superar todos los obstáculos, muchos y de variada índole, que le han salido al paso. Y Valencia volvió a responder. Y en los tendidos de esta plaza que él revitalizó un grito resonaba impresionante: ¡Soro! ¡Soro! ¡Soro!

El torero de Foyos ha hecho realidad su sueño, otro, volver a torear vestido de luces en Valencia. Y lo hizo, y se justificó más que de sobra. La plaza a reventar y la expectación máxima. Su tirón sigue intacto, aunque estuviese acompañado por otros dos grandes.

No escurrió luego el bulto y dio la cara. Toreó de capa con soltura y suficiencia, se fue a porta gayola y esperó sentado en una silla, banderilleó de escándalo, con unos pares del molinillo de infarto, dejando llegar muchísimo y clavando arriba y en una perra gorda y se mostró solvente y capaz con la muleta. Con su gran sentido del espectáculo intacto y conectando con la gente como pocos toreros han hecho. Se llevó una oreja de su primero y a punto estuvo de arramblar con otra del cuarto. Pero daba igual. El éxito estaba conseguido y así fue paseado a hombros al final de la función. El sorismo es una pasión que perdura y que él alimenta con generosidad.

Ese mismo día 16, y en el mismo escenario, Enrique Ponce, cumplía un cuarto de siglo como matador de alternativa -algo que nadie ha logrado estando todo ese tiempo en la cima-, demostrando una vez más (al margen de una generosidad que ya parece no llevarse: cediendo el protagonismo de un día tan especial para él a su compañero) porqué está donde está, sacando, en una larga y meticulosa faena, todo lo que tuvo su primer toro y sin poder repetir una de las más de treinta salidas a hombros vividas en esta plaza por que su segundo oponente no tuvo ni fuerza ni clase ni gracia alguna para que de allí saliese algo positivo.

Veinticinco años más tarde, Ponce evidenciaba, una vez más, su incontestable clase, confirmando su condición de torero de época, de diestro irrepetible y de figura extraordinaria. Cuando, aquel 16 de marzo de 1990, y tras el lío que se produjo con el toro de la alternativa -el titular fue devuelto y no estaba claro si se había corrido turno o había salido el sobrero-, al preguntar a su entonces apoderado si el astado del doctorado se llamaba o no “Talentoso” -que sí-, Luis Álvarez respondió que el talentoso era el torero. Vaya que sí. No se equivocaba el avispado taurino. Aunque quien ya hubiese visto a aquel chiquillo estaba claro que se estaba ante una gran figura.

Y, efectivamente, así fue. Lo demostró unos meses más tarde, al decidir matar en solitario una corrida en la feria de julio que ni el Soro ni Roberto Domínguez quisieron ver. Él aceptó el reto y salió a hombros, disparado ya hacia lo más alto del escalafón. Una cumbre de la que no sólo no ha bajado a lo largo de estos cinco lustros, sino que, para asombro del mundo, ha ido aumentando de nivel y poniendo cada vez más alto un listón para el que ya sólo tiene un rival: él mismo.

El Soro y Ponce han demostrado, cada uno a su estilo y cada cuál con sus medios y maneras, que para conseguir tus sueños no existe sino un sólo método: pelear por ellos y dejarse, si es preciso, la piel en el intento. Ese es el camino a seguir y así nos los han mostrado estos dos toreros que figuran ya con mayúsculas en la larga y vieja historia del toreo.

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