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Paco Delgado - 23/04/2015

Son estos tiempos, a la vez que difíciles -la economía, la moral, los valores...-, complejos y enrevesados, en los que cada vez se tiende mas a la perplejidad. Raro es el día que los periódicos, la radio o los telediarios no dan noticia de un escándolo o de cómo y a qué velocidad circula la corrupción y a que altos niveles, tanto en cantidad como en calidad. Quién podría suponer o imaginar que a estas alturas, en nuestro pobre país, tendríamos imputados a varios antiguos presidentes autonómicos, alguno que, incluso, pudo ser presidente del gobierno, una lista más larga que un día sin pan de diputados, altos y más bajos cargos y cientos de apandadores que, al amparo del poder y sus aledaños, han trincado a lo bestia de las arcas públicas, sin que nuestra política -y menos nuestros políticos- acierte a tomar un rumbo que enderece una deriva cada vez más peligrosa.

También el mundo de los toros anda errático y desnortado, no siendo lo más grave -aunque lo parezca- el asedio de una banda de mercenarios que pide la abolición de la fiesta. Que Cataluña, por ejemplo, haya sido capaz de prohibirla -o San Sebastián- es señal inequívoca de que algo no funciona, efectivamente. Pero no sólo es eso.

Resulta desconcertante, por ejemplo, que varias de las principales figuras se nieguen, por sistema, sin dar razones ni explicaciones, a ir a una de las ferias de más importancia, relevancia y responsabilidad de la temporada como la de Sevilla.

Y más todavía que una plaza tenida como santo y seña de la afición, cuyos espectadores siempre han sido considerados como entendidos y enterados, la de La Maestranza sevillana, parezca un coso de pueblo, aplaudiéndose todo y dando casi todo por bueno con tal de rentabilizar el precio de la entrada ¿Dónde quedó aquel famoso y venerado silencio maestrante? ¿o el rigor de sus tendidos? ¿y la seriedad de todo lo que en ella se hacía? A la vista de lo sucedido en los últimos festejos, parece que todo es cosa del ayer.

Es increíble -sino fuera por que lo vieron mis ojos pecadores- comprobar como una inmensa mayoría de los asistentes a una corrida celebrada en esta feria de abril -la del día 18- aplaudía y jaleaba hasta desgañitarse casi por cualquier cosa. Cómo se entusiasmaba con detalles más de bisutería que otra cosa y cómo a punto estuvo de permitir que se abriese la Puerta del Príncipe para un torero que sólo dejó, eso sí, dos estocadas sensacionales.

Porque la actuación de Manzanares ese día, vista con frialdad, sin apasionamiento y desde una perspectiva que quiere ser objetiva, fue crispada, ventajista y a la defensiva. Con muchas voces y respingos y casi nula profundidad, abusando de ese defecto moderno de desplazar los toros siempre hacia afuera, descargando la suerte y sin parar ni dominar nunca a sus enemigos. Toros que tampoco tuvieron la presencia que se supone para un marco como el sevillano ni para una plaza de primera (esta es otra: se está criando, a fuerza de rebajar la casta, un tipo de toro sin emoción ni entrega, en el que prima el volumen y una mayor duración porque no se emplean). Muy desiguales, sin fuerza ni fondo alguno y sin posibilidad alguna de lucimiento. Hasta algún amigo del torero alicantino comentó tras la corrida el alivio que había supuesto para el diestro no salir a hombros ya que no habría sabido explicar el motivo. Y es que tampoco se admite ya la lidia ni las faenas de aliño, a propósito para toros como los visto aquel día.

Y luego dicen de las plazas levantinas, tachadas, peyorativamente, de festivaleras y toreristas.

Es curioso que luego se lean y escuchen crónicas en las que valora como extraordinario lo hecho por este matador, y que no hacen, al margen de caja -publicidad, etc.- sino confundir a la gente, que no sabe a qué carta quedarse.

Crece, pues, el desconcierto, y no se adivina un panorama halagüeño, dominado por una niebla tirando a espesa que no deja distinguir churras de merinas

 

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