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Paco Delgado - 28/05/2015

Superado ya el trance electoral -aunque todavía no esté claro su desenlace: los pactos, alianzas, arreglos y contubernios otorgarán el poder a listas no mayoritariamente votadas-, amén de dar otra vez el espectáculo -que, por ejemplo, la señora o señorita Colau, una activista radical e indignada como grandes méritos, sea la alcaldesa de la segunda ciudad española es algo que fuera de nuestras fronteras causa, por lo menos, un poquito de sorpresa- y dejar claro que enseguida nos ciega una pasión que adormece la razón, el futuro no parece halagüeño.

No olvidemos quien y cómo nos llevó de cabeza, sin flotador y sin siquiera bañador, a la crisis más grave padecida desde la guerra civil. Y tampoco habría que despreciar -aunque sus modos y maneras han logrado que así sea- a quien en sólo tres años había reparado buena parte del desaguisado. Pero, qué le vamos a hacer, somo especialistas en levantar ídolos para, a renglón seguido, tirarlos a garrotazos.

Tampoco el mundo del toro anda muy tranquilo que digamos. La nueva tropa dirigente ya ha dado sobradas muestras de no estar muy por la labor de apoyar a a la fiesta taurina, sobre la que pende la espada de Damocles, del que, para todos aquellos que siguen empleando equivocadamente la palabra encerrona, hay que decir que fue un cortesano excesivamente adulador del tirano Dionisio I de Siracusa, allá por el siglo IV a. C. y al que el propio Dionisio, deseoso de escarmentarle, se ofreció a intercambiarse con él por un día, de forma que pudiera disfrutar plena y personalmente de su suerte, organizando una espléndida fiesta en la que Damocles fue el gran protagonista y servido como un rey. Sólo al final del banquete se dio cuenta de la afilada espada que colgaba sobre su cabeza de chorlito, atada por un único pelo de crin de caballo, con lo que, inmediatamente, se le quitaron las ganas de ser rey y se difuminó como por ensalmo su entusiasmo por el oficio de su admirado Dionisio.

No es que vayan a suprimirla directa o inmediatamente -¿o sí?-, pero el poco favor del que gozaba hasta la pasada semana se va a ver muy mermado a partir de ahora y ya se han escuchado voces autorizadas que anuncian la supresión de ayudas para escuelas taurinas, festejos menores y otros etcéteras que se van a dejar no poco en un espectáculo que precisa de cuidados y ayuda.

Hay que esperar a ver cómo evoluciona la cosa, pero, y hablo ahora de la Comunidad Valenciana, donde los festejos populares son el epicentro festivo de la misma, la gente anda con la mosca tras la oreja ante la existencia, cierta y bien cierta, de antitaurinos declarados y ahora con mando en plaza, recordando, ya con nostalgia y pena -y sólo han pasado unos días desde las elecciones...- lo mucho que, desde el anterior gobierno autonómico y sus ayuntamientos y diputaciones -vaya desde aquí el reconocimiento para la gran labor que en pro de la difusión y promoción de la fiesta de los toros, sobre todo en su vertiente cultural, llevó a cabo Isidro Prieto, diputado de Asuntos Taurinos de Valencia- se apoyó al hecho taurino.

Ojalá los nuevos responsables de la cosa pública sigan ese mismo camino y, como al pobre diablo de Damocles, se libere a profesionales y aficionados de este estoque que amenaza con caer sobre el mismo hoyo de las agujas de la fiesta.

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