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Paco Delgado - 29/01/2015

Aunque la de torero es profesión que lleva implícita la posesión de no poco valor, hay diestros que han hecho de este rasgo signo de distinción, diferenciándose de otros que tienen como principal característica la ciencia, la técnica o el arte; lo que Néstor Luján denominaba “deshielo del arte de Manolete”, fenómeno que producía, a mediados del siglo pasado, un tipo de toreros que crispaba el estoicismo, otro que alardeaba de maestría y clasicismo y una tercera forma de expresión que resaltaba la creación artística. Directrices que también manejaba el estudioso francés Auguste Lafront “Paco Tolosa” para clasificar a los toreos como luchadores, científicos y artistas.

Y entre aquellos que tuvieron el valor como bandera hay que poner de ejemplo a Manuel Jiménez Díaz “Chicuelo II”, diestro albacetense de cuya trágica muerte en un accidente de aviación se cumplen ahora cincuenta y cinco años, justo, muecas del azar, cuando en la ciudad manchega otro percance aéreo deja diez muertos y muchos heridos graves.

Chicuelo II toreó mucho de novillero, y la razón de tanto contrato hay que buscarla en su valentía, que a menudo rayaba en la temeridad. Pero ¿qué aportó Chicuelo II a la tauromaquia? ¿cuál fue su contribución a la lidia? ¿qué trajo Manuel Jiménez al toreo?

Básicamente cabría decir que emoción. El escritor argentino Jorge Luis Borges dejó dicho y escrito que en el siglo XX la épica desaparece y tan sólo es posible encontrarla en las grandes producciones de Hollywood, aunque habría que desmentir al autor de El Aleph, sin duda alejado y ajeno a los ruedos y su mundo, para señalar y precisar que con Chicuelo y los toreros de su corte las hazañas épicas que estos hombres protagonizan ante el toro consiguen que sean miles de espectadores los que acudan a las plazas para contemplar, con el corazón en un puño, cómo podían y vencían a sus oponentes.

Con él volvió, podría decirse, la épica de Homero y Virgilio, el hombre enfrentado a su destino sin más defensa que sus armas y permitiendo demostrar que se puede salir de una vida corriente y gris a base de valor y decisión. Otras dos cualidades básicas de este
torero y que se pueden considerar como argumento y legado.

El valor, la superación del miedo, es una de las tres columnas que sostienen al torero -cabeza y técnica son las otras dos- y en ella se apoyó para lograr no sólo destacar sino llegar a lo más alto.

Ya lo dejó claro el político y diplomático norteamericano Clare Boothe Luce, al afirmar que el valor es la escalera por la que ascienden las demás virtudes. Y cabe convenir que este matador fue principalmente valiente y no se arredraba ante el toro ni a pesar de su corta estatura.

Diego Ruiz Morales, en la biografía que de este diestro hace en el Cossío, referencia inexcusable y obligada a la hora de reflejar una semblanza o dar un análisis técnico de un torero, escribe de Chicuelo como un torero, efectivamente, singularmente valiente, y que a la cuenta de su valor deben ser cargados los numerosos éxitos que consiguió desde que comenzó a vestirse de luces.

Su toreo no se ajustaba a una línea determinada. Impasible ante las reses, de frente o de espaldas, su dominio era muy escaso y aquellas le trompicaban con mucha frecuencia, siendo de admirar el ímpetu con que, sin inmutase por el revolcón o el porrazo, volvía a la carga.

Estos rasgos de valor, continúa contándonos la denominada Biblia del toreo, tenían como consecuencia una generosísima respuesta por parte del público, que no se detenía en nalizar la valía de lo hecho, sumergido como estaba en el clima de angustia creado por el torero.

Tenía facilidad manejando la espada y nunca le faltó voluntad para, con mayor o menor fortuna, salir a dar todas las tardes aquello de lo que era capaz. Y esto era, undamentalmente, su decisión. Y en cuanto esta fallaba, o vacilaba, no quedaban apenas recursos para cubrir con decoro su función.

A tanto llegaba su atrevimiento con los toros que todos se le entregaban, superado su instinto por las emociones del lance. Este fue su gran triunfo.

 

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