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Paco Delgado - 30/03/2017

Casi al mismo tiempo que el hombre descubre la escritura surgen  relatos que narran y describen la lucha del hombre con el toro como  la Epopeya de Gilgamesh, una narración sumeria en verso sobre las  peripecias del rey Gilgamesh, que constituye la obra épica más  antigua conocida, escrita en tablillas de arcilla con escritura  cuneiforme entre los años 2500-2000 a. C.

La literatura se ha preocupado de explicar la atracción por el  símbolo de una desmesurada pasión, del impulso de acometividad que es  el toro y poetas y escritores se han dedicado a cantar y enaltecer la  fiesta táurica, arrancando desde el Poema de Fernán González hasta el  Quijote, en el que no falta la presencia del toro.

Nuestra Generación del 27, en la que, además de Lorca, se engloban  nombres de la talla de Jorge Guillén, Rafael Alberti, Pedro Salinas,  Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, María  Zambrano, Max Aub, Rosa Chacel, Fernando Villalón, José Moreno Villa,  León Felipe... dio numerosos trabajos en los que el toro y su entorno  están presentes, bien como protagonistas, como escusa o como entorno.  Y en este grupo no se puede olvidar a un poeta alicantino, Miguel  Hernández, de cuya muerte se cumplen ahora setenta y cinco años.

Nacido en el seno de una familia humilde, pronto tuvo que abandonar  sus estudios para dedicarse al pastoreo ayudando a su padre, aunque  él sigue su preparación d emanera autodidacta y acudiend, cuando  puede, a la bibioteca de uno de los canónigos de la catedral  oriolana, Luis Almarcha, que le ayuda y anima en sus estudios. Su  interés por la literatura lo llevó a profundizar en la obra de  algunos clásicos, como Garcilaso de la Vega o Luis de Góngora, que  posteriormente tuvieron una marcada influencia en sus versos,  especialmente en los de su etapa juvenil.

Con veinticuatro años viajó a Madrid y conoció a Vicente Aleixandre y  a Pablo Neruda; con este último fundó la revista Caballo Verde para  la Poesía. Las ideas marxistas del poeta chileno tuvieron una gran  influencia sobre el joven Miguel, que se alejó del catolicismo e  inició la evolución ideológica que lo conduciría a tomar posiciones  beligerantes  junto al Frente Popular durante la Guerra Civil  Española, lo que, al finalizar la contienda, le valdría una condena a  muerte que se le conmutó luego la pena por la de cadena perpetua,  falleciendo en la cárcel de Alicante al poco tiempo debido a una  tuberculosis.

Pero antes había tenido tiempo para escribir sobre una de sus grandes  aficiones: los toros. La temática del mundo taurino es uno de los  motivos que más se repite durante toda su obra y ya en su primer  libro, Perito en Luna, que vería la luz en enero de 1933, aparecen  dos octavas con temática íntegramente taurina, la titulada Toro y la  complementaria, Torero.
En su segunda estancia en Madrid, en el año 1934, consigue por fin su  primer trabajo remunerado que consiste en colaborar escribiendo  biografías de matadores para la enciclopedia "Los Toros" de José  María Cossio, y conoce a a José Bergarmín, que le promete publicarle  en la revista Cruz y Raya, la obra teatral "El torero más valiente"  que por entonces estaba escribiendo.

La simbología y la metáfora taurina seguirá siendo una constante en  su poética, hasta llegar al 24 de enero de 1936, fecha en la que sale  de la imprenta de los Altolaguirre, los primeros ejemplares de "El  rayo que no cesa", en el que figuran algunos de sus más famosos versos:

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto...

La atención que muestra el poeta a las corridas de los toros no es  baladí al poner su mirada en una de las fiestas más populares y  arraigadas en nuestra cultura y que, como en su obra, gira en torno a  tres grandes temas universales: la vida, el amor y la muerte.

Por eso Miguel Hernández es inmortal.

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