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Paco Delgado - 22/06/2017

No hacía ni un año de la tragedia de Víctor Barrio cuando el toreo se  ha visto sacudido de nuevo por la desgracia. De golpe y porrazo nos  ha dicho adiós el infortunado Iván Fandiño, el más destacado de los  toreros vascos de los últimos tiempos y que el pasado sábado resultó  muerto en la plaza francesa de Air Sur L’Adour, al ser corneado por  un toro de Baltasar Ibán que le destrozó varios órganos vitales,  haciendo inútil la intervención de los facultativos que le  atendieron, primero en la enfermería de la propia plaza y,  posteriormente, en un hospital de la vecina ciudad de Mont de Marsan.

Pero, al mismo tiempo, se demuestra, una vez más, que la tauromaquia  es algo más que un mero espectáculo. Aquí se muere de verdad. Y se  exhiben una serie de valores que bien haríamos en pregonar y  difundir. Lucha, esfuerzo, espíritu de sacrificio y superación, fe,  esperanza en tu propia capacidad, afán de triunfo, modestia,  compañerismo... y, claro, también la realidad de la muerte, siempre  presente en nuestra vida y tantas veces olvidada, como si no fuese lo  único cierto y real que habrá de llegar. Y en esa certeza reside la  grandeza del toreo. Quien se pone ante un toro expone, a sabiendas,  su propia existencia, que es lo único que tiene. Tremendo y magnífico  y por tantos tan poco valorado...

Nacido en Orduña en septiembre de 1980, en el seno de una familia sin  antecedentes taurinos, el futuro de Fandiño estaba en un frontón,  como pelotari, pero el pequeño Iván tenía otros planes muy distintos  y, a pesar de su físico -era un niño gordito y en principio poco  dotado para el toreo-, se empeñó en ser torero y lo acabó  consiguiendo. Aunque para ello tuvo que recorrer un camino  empinadísimo y nada fácil. En las capeas de los pueblos de Cuenca y  Guadalajara forjó su espíritu y aprendió la dureza del toreo y, a  finales del pasado siglo, recaló en la Escuela de Tauromaquia de  Valencia, dirigida entonces por el que fuese matador Francisco  Barrios “El Turia”.

De la mano de su amigo Néstor García, y lejos de truses y las grandes  empresas taurinas, siguió con su empeño hasta que, el 25 de agosto de  2005, en Vista Alegre, se convirtió, por fin, en matador de toros, al  cederle El Juli, en presencia de Salvador Vega, la muerte del astado  “Afrodisíaco”, castaño, marcado con el número 64, de 517 kilos de  peso y de la ganadería de “El Ventorrillo”.

Supo de mieles -triunfó en las principales plazas y ferias y estuvo  en la élite del toreo- y de hieles -varias fueron las cornadas graves  que sufrió a lo largo de su carrera y no pocos disgustos los que se  llevó por no amarrar una faena, no estar a la altura en determinadas  ocasiones o no ser tratado como su esfuerzo podría hacer esperar-,  hasta que el destino le puso enfrente a un toro -”Provechito” por mal  nombre- cuya lidia no le correspondía. Fue al hacer un quite cuando  trastabilló y el astado hizo por él, propinándole una cornada que  acabó con su vida.

“Cada toro es una bomba de mano”, dijo Luis Francisco Esplá, y esta  le explotó de lleno al pobre Fandiño, que entra así en el catálogo de  leyendas del toreo.

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