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Paco Delgado - 23/06/2016

Cuenta la leyenda que, hace muchos, muchos, muchos años -cuando este país todavía se llamaba España y no había sido troceado y desmembrado por políticos que sólo buscaban medrar y fortuna personal a costa de un pueblo inculto, ignorante y zafio, que únicamente prestaba ojos y oídos a charlatanes, celestinos, palanganeros y hurgamanderos que aireaban las vergüenzas de otros idiotas sin escrúpulos, moral ni educación- recorría sus plazas y lugares un mágico fabuloso que obraba prodigios allá por donde pasaba.

Elegante y seductor, fascinaba a las masas con su increíble facilidad para, por ejemplo, amansar fieras, convertir a una bestia feroz en tierno corderito, hacer andar a los inválidos o convertir chatarra en algo precioso. Era experto, también, en resolver los más intrincados problemas y abstrusos acertijos. Lo hacía, además, como sin inmutarse, moviendo sus extremidades con una suave cadencia, como si interpretase pasos de baile y con ademanes finos y perfectamente sincronizados. Su mente, potente, rápida, brillante y entrenada, enseguida le daba ideas y soluciones y no había cuestión que se le resistiese ni trance del que no saliese airoso.

Ataviado con sencillez, su deslumbrante personalidad lo mostraba a los ojos del público -acostumbrado a personal por lo general chabacano y las más de las veces vulgar- como un príncipe, revestido de un aura que le dotaba de una apariencia magnífica y rutilante de la que emanaba encanto a raudales -por favor, no confundir con glamour: recuérdenme que otro día les explique cómo este término, que en origen y esencia describía algo excesivo, ominoso y de dudoso gusto ha acabado siendo sinónimo de ¡todo lo contrario!- y simpatía. 

Sus educadas maneras le granjeaban la confianza de todos y pocos eran quienes le querían mal. Sólo algún envidioso o algún tonto osaba hablar mal de él, pero esas palabras no restaban mérito a su hacer, sino al revés, le daban mayor credibilidad al venir el denuesto de donde venía.

De su chistera salían maravillas a diario y de su magín propuestas extraordinarias que extasiaban a quienes las contemplaban y no daban crédito a lo que veían, pensando que era cosa de magia lo que no era sino ilusión, técnica, trabajo y duro y diario entrenamiento.

Trabajador incansable, la enorme afición que sentía por su profesión le hizo no tener apenas descanso ni ceder a la tentación del retiro, y eso que fue pronto cuando tuvo todo lo que ansiaba. Pero su afán perfeccionista y su amor a su quehacer, le llevaban a seguir al pie del cañón, mejorando día a día, mes a mes y año tras año la ejecución de sus acciones y siendo cada vez más perfecta la realización de su obra.

Tan en el tiempo se adentraba su historia que muchos eran los que creían que aquel mágico no era uno, sino varios que se habían ido sucediendo unos a otros y conservando su identidad y aspecto, como pasaba con el Hombre que camina. Sin embargo, historiadores acreditados, responsables y creíbles dan fe de que sólo él fue quien deslumbró a las gentes de tantos y tantos sitios a lo largo de tantos y tantos años.

Y de tal calibre fueron los muchísimos portentos que llevó a cabo que no fueron pocos los que le pidieron que fuese su líder y guía. Pero, sencillo y humilde como siempre fue y como siempre se comportó, invariablemente les comunicaba su negativa:

– Yo sólo soy un mago.

El mago de Chiva le llamaban.

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