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Paco Delgado - 30/07/2015

Al hilo de la recién terminada feria de Valencia llama la atención la muy distinta valoración que de lo sucedido en ella según quien y la diversidad de opiniones vertidas sobre lo acontecido en la misma. Y cuando hablo de diversidad no me refiero a cantidad, sino a lo dispar de aquellas. Baste, por ejemplo, repasar lo que se dijo sobre la actuación de uno de los actuantes, Manzanares, para ser concretos. En varios medios se habló de su actuación como portentosa, plena de gracia ella misma y por encima de los más grandes prodigios que en la ya larga historia de la tauromaquia háyanse visto. O, en el caso de Finito de Córdoba, hubo banderías que no sólo le ensalzaron como Mesías del arte de torear y culpaban al público de no haberle entendido. O de quien pugnó para que Castella fuese declarado triunfador absoluto de la feria... En otros, en cambio, de Manzanares se criticó su abuso de desplazar hacia afuera a los toros, su escaso compromiso, el fiarlo todo a su extraordinaria estética y a su portentosa habilidad estoqueadora.

También hubo quien dijo claramente que el torero alicantino había estado por debajo de un toro de Núñez del Cuvillo, un gran toro, distinguido luego como el mejor de la feria y premiado tras su lidia con la vuelta al ruedo en el arrastre tras haberse pedido para él - tímidamente, eso sí- hasta el indulto. O, en cuanto a Finito, que con dos toros muy a modo, sólo dejó detalles, muletazos de gran belleza plástica pero aislados, sin macizar ninguna de sus dos faena. O que Castella anduvo bastante destemplado y, como también en él es habitual, muy pegado a sus toros, comiéndoles una distancia que les ahoga sus acometidas.

Bueno, pues no han faltado críticas a esta segunda corriente de opinión, dejando, además, caer una consigna de arrastre: que hay que ir a favor de obra ¿A favor de obra? Cada cual tiene su obra que no es otra que dar a sus lectores u oyentes su honrada y sincera opinión de un espectáculo que se quiere digno y verdadero y que, a lo mejor, al ir a favor de obra, se manipula, tergiversa y, seguro, mediatiza, no a favor del público, que es quien sostiene todo esto y tiene que saber qué ha pasado, sea bueno o malo. Al aficionado no se le puede engañar ni dar gato por liebre. El periodista no tiene otro objetivo que informar, honesta y todo lo objetivamente que pueda, de lo que ve. No tiene que escribir al dictado de nadie ni para contentar a este al otro, Y no se entiende muy bien que los haya que, a la vez que hacen crítica para algunos medios, sean, por ejemplo, eso que está ahora tan de moda, jefe de prensa de algún torero o que estén en jurados impuestos por un matador con fuerza para hacerlo ¡Qué cierto es aquello de quien escribe de toros no puede ser amigo de un torero!

Como dijo Bioy Casares, quien quiere estar en paz consigo mismo dice la verdad. Quien quiere estar en paz con los demás, miente. O dicho de otro modo, quien sólo se debe a su conciencia y no tiene intereses ni con toreros, empresarios o ganaderos, dice lo que piensa y escribe lo que honestamente le parece cómo son las cosas. Quien está mediatizado por contratos, chanchullos o compadreos, tiene que ceñirse al guión y hablar por boca ajena, para contentar a unos y a otros y no perder la tajada.

También hay que aclarar que en el primer supuesto, el escribidor independiente, está sujeto a errores y malas interpretaciones, naturalmente, como todo hijo de vecino. Pero no por dolo

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