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Paco Delgado - 08/01/2015

Finalizadas las fiestas de Navidad y Año Nuevo, arrumbados aquellos buenos deseos de paz y felicidad, olvidados ya los propósitos de enmienda y comprobado que, como era de esperar, los Reyes Magos, una vez más, se olvidaron de nuestras peticiones, arrastrando todavía efectos de la resaca de estos últimos días y con la cartera bastante aligerada, toca lidiar de nuevo con la realidad. Con la dura y cruda realidad.

Tras la famosa y esperanzadora reunión de Sevilla, de momento, no ha habido novedad ni surtido efecto alguno. Cada uno sigue a lo suyo y sin que haya ni siquiera boceto de un programa que trate de solucionar los muchos males que aquejan al mundo de los toros.

Unos problemas que nacen, en su mayor parte, de esa ya crónica inacción, de la dejadez de la cúpula dirigente de un negocio que se mueve gracias a la inercia de siglos. Y a que, efectivamente, a la gente, y no sólo en España, le entusiasma este espectáculo que levanta pasiones y arrastra a muchísimo público.

Pero no lo acaban de ver claro y siguen anclados a posturas decimonónicas que en nada contribuyen a ir hacia adelante ni a solventar las crisis que, inevitablemente, surgen y afectan al sector.

Hace unos días, en plenas fiestas navideñas, una empresa valenciana, líder en su campo y modelo en el ámbito empresarial y comercial, retiró de los estantes de sus muchas tiendas -repartidas por todo el país- las bolsas de cotillón destinadas para la noche del 31 de diciembre. ¿La causa? las trompetillas de cartón que iban en dichas bolsas no funcionaban. No cumplían con el cometido para el que se habían fabricado y, por tanto, no podrían satisfacer a los compradores. Esta empresa se tomó la molestia y el trabajo de probar los puede que millones de bolsas con turutitas y, una vez visto y comprobado el defecto de estos artilugios, apechugaron con una importante pérdida. Una pérdida que afecta, naturalmente, a la cuenta de resultados de este ejercicio, pero que reportará una extraordinaria inyección de confianza en sus clientes y que redundará en un incremento de futuros beneficios.

¿Se imaginan algo parecido en la parcela taurina? En Valencia, plaza de primera, con su categoría y responsabilidad, quien esto firma, hace ya varios años, fue testigo de una conversación entre un ganadero de postín y el apoderado de una gran figura acerca de los toros de aquel que iba a lidiar el poderdante de éste y que, tras varios escándalos por la poca presencia y menos fuerza de astados de esa misma ganadería lidiados en años anteriores, el ganadero no estaba para nada convencido de la conveniencia de volver a soltar toros de parecida condición una vez más en el mismo coso y ante un público ya receloso y desconfiado ante sus productos. “No te preocupes -le dijo el apoderado-, esta corrida la podemos defender en Valencia”. Efectivamente, la defendieron, a la perfección, ante veterinarios y autoridades y la corrida se lidió. Y, como era previsible, los toros fueron pitados por ser una birria, la gran figura -y sus acompañantes- nada pudieron hacer para satisfacer a la concurrencia y el personal se fue enfadado y con la mosca tras la oreja. Muchos fueron los que ya no volvieron al año siguiente.

Y así seguimos. Defendiendo corridas indefendibles, posturas absurdas, planteamientos trasnochados e intereses particulares no ya contra los generales, sino contra el propio futuro de la fiesta. Que se mantiene gracias a su fuerza intrínseca pero que, debido a estas conductas suicidas, poco a poco se va debilitando y viendo cómo va quedando muy a merced de la suerte. Que, cualquier día, puede darle la espalda. Y entonces vendrán los lamentos, el llanto y crujir de dientes y los ayes de dolor. Y será tarde.

Feliz año ¿nuevo? Ojalá. Pero, y muy a mi pesar, déjenme que lo dude. 

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