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Paco Delgado - 26/03/2015

Muchas cosas y muchas notas de interés dejan estas fallas que ya son historia y en las que, tras mucho tiempo sin él, el fuego de la pasión hizo arder la plaza.

Vicente Ruiz “El Soro” fue el detonante. Veintiún años después de hacerlo por última vez, El Soro cumplió su sueño de volver a torear en el coso de Monleón y, además, formó un alboroto y puso la plaza boca abajo con sus cosas: se fue a porta gayola a recibir a su segundo toro sentado en un silla, banderilleó dejando llegar muchísimo y asomándose de verdad, muleteó con quietud y temple y volvió a entusiasmar al público que llenó los tendidos y se volcó con él, paseando una oreja de su primero y dando hasta tres vueltas al ruedo tras acabar con el cuarto. Pero no todo fue alegría para el de Foyos, ya que al entrar a matar a su segundo resbaló y fue atropellado por el toro, sufriendo la fractura de una vértebra dorsal y el aplastamiento de otras dos, siendo ingresado en un hospital para su recuperación.

Enrique Ponce, generosísimo con El Soro, al que cedió buena parte del protagonismo de una tarde en la que él celebraba sus bodas de plata como matador, cumplió una primera faena impecable y poderosa a su protestón primero y sólo pudo estar tesonero con el muy apagado quinto, en tanto que Manzanares pasó desapercibido con el inválido tercero y muy intermitente con el que cerró plaza.

Ya habían prendido antes la mecha, el día 14, Morante y, sobre todo, Castella, que ante un gran toro de Núñez del Cuvillo lograba su mejor actuación en esta feria y no dejaron que ese fuego se apagase El Juli, tan esforzado como suficiente -pero con pinchazo en taquilla- y Perera, que estuvieron muy por encima de los toros de Domingo Hernández a que se enfrentaron el día de San José y en el que, como telonero de lujo, Finito volvió a deleitar con sus detalles y clase.
También echaron una buena gavilla a esta hoguera un valentísimo Jiménez Fortes que en esta ocasión, además, dejó ver más cosas y pidió sitio, y Alejandro Talavante, que firmó con su primero una faena creativa y muy dispuesta.

Como humo se fue y como humo se disipó lo hecho por el resto. Sin dejar huella y, pese al agua, el viento y lo desapacible del tiempo en los dos últimos días del abono, los novilleros supieron remover aquellos rescoldos y lograron nuevas llamas de ilusión. Sobre todo un inspirado Varea, la nueva sensación de la categoría. Pero, asímismo, gustaron las atemperadas y elegantes maneras de Expósito, que firmó su mejor faena en Valencia, la calidad de Ginés Marín y del debutante Leo Valádez, la disposición y firmeza de Climent y el temple de Espada.

En cuanto a los rejoneadores Andy Cartagena hizo, con diferencia, lo mejor del tradicional festejo ecuestre del día del santo, en el que Andrés Romero y Luis Valdenebro pasearon otra oreja cada uno de toros de Fermín Bohórquez.

Acabó, pues, un serial al que fue mucha gente en su primera mitad y en el que El Soro fue el gran suceso, con su reaparición, triunfo y lesión, volviendo, otra vez, a bajar el listón ganadero, que, en líneas generales, bajó en cuanto a presentación y tampoco en conjunto el juego ofrecido fue de nota. Un toro de Núñez del Cuvillo, un par de Juan Pedro Domecq, alguno, y sin romper, de Domingo Hernández...

sólo las novilladas salvaron la cara, sobre todo el encierro de El Parralejo, muy bien presentado, con varios ejemplares con más cuajo y hechuras que muchos de los toros lidiados antes y que, encima embistieron y dieron espectáculo

 

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