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Paco Delgado - 14/05/2015

Metidos ya en harina, con la temporada viviendo uno de sus capítulos principales, el San Isidro madrileño, el mundo taurino sigue agitado por convulsiones tanto internas como externas.

A la actitud de determinados toreros de negarse a torear en Sevilla - postura tan respetable por personal como discutible por su condición de figuras que, tal y como anda todo, deberían dar ejemplo y tirar del carro- o exigir el oro y el moro -contra el vicio de pedir está la virtud de no dar-, de determinados empresarios -que, naturalmente, tienen el derecho y la obligación de hacer rentable su negocio pero no a cambio del pan para hoy y hambre para mañana o hacerlo a costa de los demás- y hasta de un público que a la hora de la verdad -ir a la taquilla y comprar su entrada- se escaquea más de lo que sería conveniente -aunque aquí hay motivos para darle muchas veces la
razón: en realidad no tiene obligación de ir a la plaza por que sí y advierte, a quien corresponda, del poco interés de la oferta-, se suma al auge del movimiento antitaurino, apoyado por muchos y significativos medios de comunicación -que, a su vez, se distinguen por su nula cobertura del segundo espectáculo de España en número de espectadores-, que, paradójicamente, sirve de muleta al taurino para esconder los verdaderos males de la fiesta, de los que estos ataques son sólo una molestia pero no algo grave ni irremediable.

A la vista de este panorama -además de echarse las manos a la cabeza y comprobar que apenas se toman medidas para buscar soluciones y, a lo sumo, se ponen parches de tente mientras cobro-, habría que revisar la teoría de Heráclito, filósofo griego del siglo V a. C. y cuya obra remite a las sentencias del oráculo de Delfos para reproducir la realidad ambigua y confusa. Afirmaba que el fundamento de todo está en el cambio incesante. El ente deviene y todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa, siendo “nunca te bañarás dos veces en el mismo río” una de sus sentencias más famosas. Una frase, puede que no literal, pero que hacía alusión al cambio imparable e inevitable, siendo imposible el que se repita en el tiempo una misma situación de manera idéntica.

Sin entrar a fondo en el espíritu de la teoría del llamado “El Oscuro de Éfeso”, sí que cabe hacer alguna observación en sentido contrario y para ello basta con tirar de hemeroteca. Concretamente en el ámbito taurino, hace más o menos cien años, en el paso de la edad de oro a la de plata, no era raro encontrar opiniones, escritos y editoriales en las que se hacía alusión a lo mal que andaba el toreo. Esto se acaba, era frecuente leer en, por ejemplo, El Globo, El Correo, El Mundo, España Nueva, La Mañana, La Tribuna, Hoy, La Libertad, El Liberal, Heraldo de Madrid y El Debate, o en los especializados El Enano, El Tío Jindama, Toros y Toreros, Arte Taurino, Palmas y Pitos o El Toro, por no hacer larga esta relación.

Se criticaba ya entonces el poco trapío y poder del ganado -¿les suena?-, el poco compromiso de las figuras o el escaso interés de las empresas por satisfacer a un público que entonces no tenía tantas posibilidades de ocio y esparcimiento como disfruta hoy.

Andando en el tiempo, a mediados del siglo XX, con Dígame, El Ruedo o El Burladero como medios especializados y amplia cobertura en la prensa de ámbito nacional, Ya, ABC, Arriba, Pueblo, Informaciones, o en la radio, también era frecuente -y eran los años de Manolete, Dominguín, Arruza, Pepe Luis Vázquez y, poco más tarde, Ordóñez, Camino, Puerta, El Viti, El Cordobés, etcétera- leer y escuchar que la fiesta taurina tenía sus días contados y que los males que la aquejaban acabaría con ella de manera irremediable.

Bueno, pues bien entrados en el siglo XXI siguen dándose corridas de toros y la fiesta continúa muy arraigada en la sociedad no sólo española. Bien es cierto que su salud no es como para tirar cohetes pero sus constantes parecen normales y su fuerte constitución no hacen temer por su vida a no ser que medie suicidio, accidente o atentado.

La historia se repite, por mucho que el gran Heráclito, al que seguramente no nos han traducido bien o no lo hemos entendido -lo más probable-, se empeñe en lo contrario.

 

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