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Paco Delgado - 15/01/2015

El salvaje atentado islamista que la semana pasada se cobró doce vidas -y la coda que se llevó otras cuatro- parece que ha servido de acicate y despertador. No es la primera vez, ni, desgraciadamente, será la última. La historia se repite y, cortos, sordos, ciegos y cobardes, los hombres ni aprenden ni toman nota de otras experiencias.

El fanatismo crece amparado por el miedo pero también por políticas simplistas y rayanas en la demencia. El buenrollismo y lo políticamente correcto deriva, abruptamente, en desastre. Se ha comprobado una y mil veces y la última ha costado la vida a doce periodistas y dibujantes a los que no se ha perdonado sus críticas contra un modelo tiránico, despótico y medieval. Por eso conviene tomar en consideración el que, parece ser que a partir de este mismo mes de enero, Holanda, donde el 6 % de la población es musulmana, ahora se ve obligada a rechazar su sistema de multiculturalismo.

El gobierno holandés, por lo visto, está harto de ser "pisoteado" por los musulmanes y abandona dicho modelo. Después de mucho tiempo de contemplaciones e indiferencia que no ha hecho más que alentar a los inmigrantes musulmanes a crearse una "sociedad paralela" y dañina para el país, emerge un nuevo proyecto presentado al Parlamento holandés por el ministro del interior Piet Hein Donner ante la insatisfacción del pueblo holandés frente al modelo de sociedad multicultural y expresa su intención de centrar sus prioridades hacia los valores fundamentales del país de los tulipanes. En el nuevo sistema de integración, los valores holandeses van a tener un rol fundamental y por ello el gobierno "no se adhiere más al modelo de sociedad multicultural. Una integración mas rigurosa es ahora perfectamente justificada. Por esto es que dice al Gobierno y todo su pueblo, que esta orientación se ha vuelto absolutamente necesaria porque la sociedad holandesa, está a punto de disgregarse en términos de identidad y los holandeses ya no se sienten seguros".

Holanda se dio cuenta, quizá un poco tarde, que su liberalismo multicultural podría convertir su país en un territorio de "tribus musulmanas", cuyo objetivo primordial es destruir la nación que los alberga y su propia identidad holandesa. El futuro del mundo tal y como lo conocemos está en serio riesgo y por ello es muy factible que otros muchos países -Australia, Reino Unido, Canadá, Bélgica, Francia y USA- adopten esta iniciativa para frenar la proliferación mundial del integrismo musulmán.

Salvando las distancias -y dejando al margen cuestiones de estado, el ejemplo holandés podría servir perfectamente para España, donde, desde hace unos años, se ha impulsado, de manera un tanto inconsciente e irreflexiva, ese sistema integrador en el que todo vale y está permitido-, esto se puede aplicar perfectamente al mundo de los toros, factor importantísimo en nuestro acervo cultural y que últimamente está siendo ninguneado y menoscabado en pro de una nada clara política de libertad de derechos. Una postura que otorga derechos a unos a costa de restárselos a otros, sin tener en cuenta otro criterio que el evitarse problemas y complicaciones o, mucho peor, como fábrica de votos e interés de parte. Y ahí están los ejemplos de Cataluña, San Sebastián o la proliferación de actos antitaurinos cada vez más radicales y violentos.

Si esto es España -lo cual, y ahí está la clave de toda la cuestión, está por ver- y en España los toros son parte fundamental de nuestra cultura ¿por qué no se les defiende, atiende y ayuda como lo que son? A lo mejor, en pro de esa inconcreta y nada clara alianza de civilizaciones -que busca arrasar con todas ellas menos con una- habrá que dejar que se conviertan en algo marginal o, mejor, dejarlos desaparecer por falta de atención.

Ahora no sólo se está dejando a su lado al este negocio que proporciona no pocos benéficos al Estado, sino que se está vendiendo el que ir a los toros, ser aficionado, disfrutar de este espectáculo, es reaccionario, fascista y criminal. Y que es de demócratas, gentes de bien y paladines de la libertad el procurar su prohibición y erradicación.

Libertad de expresión, sí, naturalmente, pero para todos, no sólo para unos.

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