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Paco Delgado - 13/07/2017

Si bien la comunidad científica acaba de certificar que el animal más  peligroso para el hombre es el... mosquito, transmisor de muchas  enfermedades y males, sigo pensando que el ser más letal para el  hombre, como ya pusiera de manifiesto Hobbes en el siglo XVII,  continúa siendo... el hombre. Y, ojo, que esta afirmación no es sino  adaptación de la locución latina Lupus est homo homini, non homo,  quom qualis sit non novit, escrita por Plauto -dos siglos antes de  Cristo, o sea, ayer como quien dice- en su obra Asinaria, Comedia de  los asnos, en la que se hace referencia a los horrores de los que es  capaz la humanidad para consigo misma.

Y si el clásico griego escribió eso hace más de veintiún siglos, y el  filósofo inglés lo recordó hace cuatrocientos años, parece mentira  que en el momento actual todavía se tenga como principal objetivo el  perjudicar a nuestros semejantes.

El hombre sigue siendo el principal enemigo de sí mismo a través de  las acciones que acomete para dañar a los demás. A quien tiene  intereses contrapuestos, al forastero o a quien no piensa igual.

Y lo vemos, perplejos e impotentes -entre otros muchos ejemplos, eh-,  cuando hay gente que se dedica a perder el tiempo insultando y  deseando los peores daños a quien tiene gustos diferentes. Ahí está,  en las famosas redes sociales, la caterva de porquería que se ha  volcado sobre el infortunado Fandiño, que ha dejado su vida en pos de  un sueño, tras una ilusión. ¿Cabe algo más hermoso? Pues para tantos  y tantos desalmados, su esfuerzo y hasta su sacrificio último sólo  merecen insultos y el mayor de los desprecios. Parece increíble.

E increíble -pero bien cierto- sigue siendo que nadie tenga a bien  frenar a esa manada de energúmenos, disfrazados de falsos  ecologistas, animalistas de pega o demócratas impostados, que atacan  con ferocidad y virulencia que dan miedo a la fiesta nacional -sí,  dejémonos de hipocresía y corrección política y llamemos a las cosas  por su nombre-, a una de nuestras más claras señas de identidad, a  una de las más potentes manifestaciones de nuestra cultura, a un  espectáculo legalmente establecido, al que no sólo se vilipendia y  ofende sino que se combate como si la salvación de la especie fuese  en ello. Y nuestra clase política como si no pasase nada. O, peor,  intentando que no se le relacione con nada de esto, procurando que no  le salpique ni una gota de este charco que ellos contribuyen a que  siga maloliente e infecto. Inaudito.

Pero así están las cosas. A diario vemos, y soportamos,  manifestaciones y esperpentos a las puertas de las plazas; se  desprecia hasta desear la muerte no sólo a los profesionales, incluso  hasta después de haber dado su vida por su profesión, sino a los  aficionados, que acuden tranquilamente a disfrutar de su afición.  Perturbados, desnortados y confundidos -¿o mercenarios descreídos?-  irrumpen impunemente en los ruedos e interrumpen y estropean  festejos. Y nadie ni nada lo impide. Y, pese a la gran aceptación y  arraigo que tiene lo taurino en nuestra tierra -y fuera de ella, ojo-  no hay autoridad, ni política ni civil, que nos ampare. Sólo tímidas  promesas que bien saben que nunca llevarán a la práctica ¿Por qué?

Lo que está claro es que nuestra sociedad está enferma y no son los  aficionados a los toros los que padecen mal alguno -al menos por  eso-, sin que haya, al aparecer, remedio para sus males. No hemos  sido capaces, en más de dos mil años, de evitar que que el hombre sea  el principal enemigo del hombre. No evolucionamos. Para nada. Al  contrario

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