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Paco Delgado - 09/02/2017

Bueno, pues parece que este cuento se acabó. El de Barcelona. Pese a que nos las prometíamos muy felices, tras la decisión del Tribunal Constitucional de anular la prohibición de dar toros en Cataluña, la realidad, que es algo que, cuando uno deja de creer en ello, no desaparece, tozuda como una mula e infalible como la muerte, ha venido a dejar claro que todo fue un sueño. La realidad es la única verdad, nos dijo hace mucho el gran Aristóteles, pero, como de costumbre, nadie le hizo caso y seguimos -y seguiremos- tropezando en todas las piedras que se nos pongan delante.

Y no ya una piedra, ahora parece que es un muro infranqueable el que se alza contra las ilusiones de no sólo los aficionados catalanes, sino de todos cuantos amamos el espectáculo taurino. La familia Balañá, propietaria de la Monumental de Barcelona, lo ha dejado bien claro: renuncia a dar toros en su plaza, tanto en su calidad de empresa titular de la misma como en régimen de arrendamiento, como sucedió en las temporadas de 2007 a 2011, y así lo hizo saber tanto a la Federación Taurina Catalana como a ANATUR, que solicitó la plaza para dar una corrida en el mes de junio. Los argumentos que aducen para llegar a esa negativa, que Balañá explicó en una reunión con representantes de la FETC, comprenden tanto consideraciones jurídicas como sociales y políticas que aquí no se valoran, dice la nota de prensa enviada por la Federación.

En realidad no hacía falta esperar a esta declaración de intenciones: la desaparición de los toros en Barcelona comenzó a gestarse cuando los Balañá dejaron de tener interés en el negocio taurino, alquilando la plaza a empresarios que buscaron más el beneficio propio que el devolver el esplendor perdido a un coso que fue muy principal para la tauromaquia y clave para todo aquel que quisiese ser alguien en el toreo y que albergaba más de setenta festejos al año.

La progresiva pérdida de categoría de las combinaciones ofertadas, la poca o nula promoción de la fiesta, el desinterés general y la desidia de casi todos fue haciendo mella entre la masa aficionada que, poco a poco, fue desapareciendo de los tendidos del coso que, con el nombre de El Sport, se inauguró en 1914 y que fue rebautizado con su actual denominación al ser remozada y ampliada sólo dos años más tarde y cuya historia ha recopilado y guardado para la posteridad Juan Luis Cantos Torres. No ayudó a su regeneración el que la propiedad no llegase a un acuerdo con Simón Casas y Enrique Patón - criado en ella como quien dice y que conoce a la perfección tanto el mundillo taurino como a la sociedad catalana- y que, estoy convencido, se hubieran dejado la piel en el intento y la habrían sacado adelante.

Pero el progresivo aumento de cemento en sus gradas sirvió de caldo de cultivo a una clase política que andaba, y anda, como loca tratando de borrar todo aquello que les recuerde que, mal que les pese, son España y les vino de perlas que alguien estuviese dispuesto a poner en pie el tinglado antitaurino que acabó con aquella famosa sentencia que hace unos meses -¿por qué no se tomaron cartas en el asunto en su momento? ¿a quien interesaba también que se enterrase todo lo que olía a toros?- tumbaba el TC... para nada. Para que muchos creyésemos que el milagro era posible, que podía ser verdad, aunque el poder del dinero es grande y, finalmente, decisivo, como casi siempre. Pero aún quedaba ese casi y a él nos aferrábamos con la esperanza de que se produjese el prodigio, vana esperanza que ahora se desintegra ya definitivamente después de que los dueños declaren que, por su parte, ya se han acabado los toros.

Tampoco era de extrañar y pienso que era pura ilusión el esperar otra cosa. Esto es lo que hay. Odio la realidad, pero, como dijo Woody Allen, es en el único sitio donde se puede comer un buen filete.

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