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Paco Delgado - 09/04/2015

No hay dos ideas exactamente idénticas, al igual que ningún razonamiento es completamente original. Esto es algo palmario y aplicable a cualquier actividad humana. No podía ser distinto en el mundo de los toros, aunque su peculiar idiosincrasia le procura matices e interpretaciones propias. 

De siempre ha suscitado polémica la distinta forma de interpretar una faena. Yo no he visto la misma corrida, es frase tópica, y típica, a la hora de valorar la opinión de alguien que no coincide con nuestro punto de vista. El toreo está hecho de frases, lo mismo que está hecho de gloria y de drama, de momentos irrepetibles, de faenas inolvidables y de toros y de toreros olvidados. Es la ley de la Fiesta, para bien y para mal, dice de manera admirable José Luis Ramón en uno de los últimos editoriales de 6 Toros 6, la revista que tan magníficamente dirige y en el que abunda sobre la dispar manera de enfocar una crónica según el periodista que la firma.

En el mismo número de esa publicación, otro maestro del periodismo taurino, Federico Arnás, reflexiona sobre el particular a cuenta de las divergencias críticas de lo acontecido en la última feria de fallas y que, por extensión, se puede aplicar a cualquier feria y a cualquier festejo. Es imposible que dos crónicas de dos profesionales distintos coincidan al cien por cien como es imposible que dos personas sean perfectamente iguales. Y hasta es compresible y lógico que esas diferencias se agranden en algunos casos y que, en otros, sean diametralmente opuestas. Algo normal y natural teniendo en cuenta la naturaleza humana y mucho más si se tiene en cuenta lo complejo que resulta el análisis de algo fugaz y tantas veces abstracto, susceptible de puntos de vista diametralmente opuestos. Pero no por ello se puede ni se tiene porqué descalificar la opinión diferente, como no se puede rebajar ni despreciar aquello que no se corresponda con nuestra manera de pensar o ver las cosas. Nadie tiene el don de la infalibilidad ni nadie está errado por no coincidir con nuestra filosofía o entendimiento. Ahí está el núcleo de la convivencia y de la civilización.

No por ello dejan de sorprender ciertas actitudes o determinadas posturas, muchas veces preconcebidas o asumidas desde una imparcialidad cuando menos dudosa. Porque, y esto tampoco es nuevo, también en la critica taurina siguen existiendo fobias y filias y si parece lógico que haya toreros que gustan más que otros o que se acercan más al concepto que del toreo o la lidia tenga cada cual parece menos lógico y más censurable que se parta de una declarada y manifiesta animadversión contra alguien.

Cuando la venalidad de gran parte de críticos y periodistas era aceptada y hasta reconocida, la función de la prensa era meramente informativa y sólo valía para conocer el resultado de los festejos, pero no para saber de verdad qué había pasado, puesto que la información era sesgada y claramente favorable a diestro que pagaba: ”pégale tú, que yo no puedo”, dijo en cierta ocasión a un colega un famoso y conocido periodista, sobrecogedor declarado y notorio, que asumía su imposibilidad para decir lo que de verdad pensaba acerca de lo hecho por su patrocinador. Hoy es más raro, aunque siguen dándose casos, y el periodismo taurino -el deportivo, en cambio, llega a sonrojar, declarándose sin ambages muchos profesionales partidarios de este o aquel equipo- ha alcanzado un grado de seriedad notable y que nada tiene que ver con el de hace cuarenta o cincuenta años, por ejemplo, si bien hay, sobre todo en los portales de internet y alguna que otra publicación especializada, una acusada tendencia a dar todo por bueno con tal de que la publicidad de toreros, ganaderos y empresarios siga llegando y permita mantener el tinglado.

Quedan, también y sin embargo, personajes y actitudes que vienen a confirmar la regla y se aferran a su amistad -no pensemos mal ni otra
cosa- o simpatía con tal o cuál diestro o tal o cual ganadero, para defenderles y ensalzarles siempre y en toda ocasión, atacando y creando sospechas sobre quien habla o escribe de forma diferente. Piensa, sin duda, el ladrón que todos son de su misma condición, denunciando la paja en el ojo ajeno sin percibir la viga en el propio y creando malestar y confusión en sus lectores y oyentes. Señor, qué cruz.

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