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Paco Delgado - 18/09/2014

Que la fiesta de los toros genera un sinfín de sentimientos y emociones es algo no sólo comprensible sino hasta positivo. Malo sería que lo que sucede en el ruedo y su entorno dejase indiferente a la gente. Puedes hacer conmigo lo que quieras pero, por favor, no me aburras, pedía el actor y director cinematográfico Clint Eastwood. No suele aburrir una corrida de toros, en la que siempre suceden cosas, surgen detalles, momentos, acciones determinadas... Y siempre da que hablar, para bien o para mal.

También es muy frecuente que, cuando se da este segundo supuesto, que se hable para mal -o que no se hable todo lo bien que alguna de las partes interesadas esperaba- las cosas se saquen de quicio y se amplifique desmesuradamente el posible perjuicio o se agrande la presunta ofensa. Es la gente del toro también brava y de sangre caliente, aunque los nuevos tiempos han suavizado bastante modos y maneras, y, de cuando en cuando, surgen roces y diferencias de criterio y opinión que, como una bola de nieve, van creciendo en intensidad y terminan de manera desagradable y en el juzgado.

Algo así ha sucedido en la última feria de Albacete, en la que un torero agredió a un periodista por un quítame allá esas declaraciones. No es esto nuevo, desgraciadamente, ni nada que pille por sorpresa, tal como está el patio. José Luis Carabias, un bendito incapaz de matar una mosca, Vicente Sobrino, Juan Miguel Núñez, Zabala de la Serna y alguno más que ahora no recuerdo y al que pido disculpas por mi, cada vez más, mala memoria, han sufrido en sus carnes ataques y afrentas físicas de toreros o allegados, molestos por una crónica, un comentario o una mala interpretación de lo leído o escuchado. O soliviantados por lo que les han contado terceros. Reacción reprobable, desde luego y de muy poca justificación, por mucho que se alegue a la sangre caliente o a la crispación del momento.

Mucho menos justificable es cuando la agresión llega varios días después del tremendo crimen de lesa integridad o imagen. Y eso es lo que le sucedió a un periodista albacetense, buena gente y gran profesional, al que un torero local cruzó la cara por la apreciación que aquel hizo en un coloquio de la actuación de este. No debía conocer el diestro agresor, seguro, la famosa frase atribuida a Voltaire -hay quien afirma que fue en realidad utilizada por primera vez por la escritora inglesa Evelyn Beatrice Hall en la biografía del filósofo francés- "No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo". Eso es grandeza de espíritu y no el sacudir hostias como si fuese un animal sin formación ni, lo más grave, capacidad para tenerla. Muy débil es la razón si no llega a comprender que hay muchas cosas que la sobrepasan, escribió el sabio Blaise Pascal, aunque el corazón tenga motivos que la razón no conoce.

Debemos recordar también que además de lo racional está lo que no se opone a la razón, sino que está por encima de ella. Nuestro criterio está sujeto a ciertos moldes mentales -como las categorías a priori de que habló Kant- y hay cosas que pudieran sobrepasar nuestros moldes mentales y por lo tanto, no todo lo que debe ser cabe en nuestra lógica humana.Para Aristóteles, que no es un cualquiera, uno es señor, no porque tenga más fuerza, sino porque tiene cierta naturaleza. La razón puede resolver fácilmente cualquier cuestión aunque sea posible creer que la fuerza no está exenta de todo mérito. La razón nos hace fuertes, el fiarlo todo a la fuerza bruta es síntoma de debilidad intelectual.Y otra cosa, jamás una figura del toreo llegó a las manos con un periodista por mucho que haya habido canallas e impresentables que lo han merecido. Y tampoco ningún torero que se haya conducido de esta forma llegó a ser gente en esto. 

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