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Paco Delgado - 30/04/2015

Poca historia tuvo la edición de 2015 de la feria de abril de Sevilla. Poca historia de la que luego se pueda hablar con admiración y que sirva de grato recuerdo. Y, en cualquier caso, será algo ya analizado y desmenuzado por gente que la haya vivido completa y en directo.

Pero sí que hay una imagen que me llama la atención y que me ha producido una cierta desazón y dejado un amargo regusto. Ocurrió el sábado, 25 de abril, uno de los días grandes de la feria y que, por esa ya tantas veces comentada ausencia de la varias figuras, se tramitó con un cartel que distaba bastante de ser de los llamados redondos. Bueno. Pues ese día, de repente, y siguiendo una campaña que parece perfectamente organizada, hábilmente orquestada y llevada a la práctica con disciplina espartana, un sujeto, con el torso desnudo y pintarrajeado con soflamas antitaurinas, saltó al ruedo y se dio una carrerita dejándose ver y cumpliendo las órdenes recibidas. Misión cumplida y unos euros al bolsillo.

Pero lo que me ha llamado la atención -la insistencia de estos mercenarios es algo que ya se tiene como cotidiano y que no produce sorpresa alguna: tendrán que ir pensado nuevas acciones que impacten y sorprendan. Ya sólo aburren- es la actitud de uno de los diestros actuantes en aquella función.

El torero en cuestión, situado muy cerca del intruso cuando este accede al albero, y rebasado por el hombre anuncio, le pone una zancadilla. No le placa ni se le pone delante para impedirle que continúe con su acción propagandística. No le frena con su presencia ni le planta cara. No -y eso hubiese sido grande- le intenta rebajar sus ímpetus con un trincherazo por bajo. No. Le pone una zancadilla.
O lo pretende. No sé si conseguiría derribarle, pero, en cualquier caso, una marrullería, una treta muy poco taurina y nada elegante. En el toreo es dogma de fe y orgullo el ir de frente y por derecho. En esa jugada hay poco de la bizarría que se le supone a un torero y mucho del repertorio de trucos del juego sucio y crápula de quien se siente superado. Una jugarreta traicionera -como digo, el corredor intruso y exhibicionista, con sus kilitos de más y barriga cervecera, parece unos metros por delante suyo- que dice poco de la gallardía que se supone a quien se enfrenta a un toro sólo armado de muleta y estoque.

Y más me aturde el aluvión de comentarios que esta imagen ha provocado en las llamadas redes sociales. Todos, o la mayoría, violentos y de una agresividad que hasta da miedo: “Lastima no se la des en boca”, “Que pena no tener la espada a mano” (sic), “atarlo a una silla y sentarlo a puerta gallola” (literal), “Que pena jeje quería reírme un ratito con la buena hacion de...” (aquí el nombre del matador y también transcrito tal cual), “en la pierna no, en los huevos, cabrón”, “Muy buena maestro”, “Así se hace maestro !!!”, “Dejarlo que le meta un cuerno y lo mande al infierno”, “dale con la rastrilla en la cabeza”, “En los "guevos" maestro,en los "guevos" (otra vez sic), “un poquito más arriba tenías que haberle dado”, “Si soy yo le doy una patada en los cojones”, “Mas fuerte le tenía q haber dao”... y así. Y muchos de estos simpáticos mensajes lo son de señoras o señoritas, lo que permite hacerse una ligera idea de cómo está el patio.

No es que quiera justificar la intolerable y machacona actitud de estos mal llamados ecologistas y supuestos defensores de los animales, ni muchísimo menos, y quien me conozca o haya leído, lo sabe de sobra. Es que no encuentro tampoco motivo para esa crispación tan violenta y llena de odio, dos sentimientos que no suelen dar buenos resultados. Y, además, me extraña que tampoco nadie haya reparado en lo que aquí y ahora gloso. Tomarse la justicia por mano propia nunca ha sido buena idea. Tendría que ser la autoridad quien, de una vez por todas, tomase cartas en el asunto y diera ejemplo con una multa escarnecedora al seminudista reivindicativo, por alteración del orden público, por saltar al ruedo sin autorización ni permiso, por pelma, por entrometido y por interrumpir. Y por atentar contra el buen gusto.

 

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