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Paco Delgado - 11/06/2015

No han sido pocas las notas de interés del recientemente finalizado serial -larguísimo serial- isidril. Y no ha sido la de menor relieve la faena realizada por Rafaelillo a un toraco de Miura en el festejo que abrochaba la feria.

Un festejo en el que se lidió un encierro de la mítica ganadería sevillana en el que a su habitual seriedad formal hubo que añadir un comportamiento -asímismo clásico- variopinto, saltando al ruedo venteño desde algún ejemplar inválido, manso y parado el segundo, de aviesas intenciones otro, incierto el que cerró plaza y abono y con mucho que torear el cuarto, “Injuriado” de nombre, con el que el bravo torero murciano compuso un trasteo de menos a más, a mucho más, valiente, de mucha exposición y poderoso, tan decidido como firme y sacando todo lo que su oponente tuvo.

Fue la suya faena no al uso, preconcebida y de serie, sino de ver, pensar y obrar en consecuencia.
“Me he roto por bajo y me he entregado totalmente. Por momentos, también le he puesto torería. Ha sido una obra bonita para lo que he tenido delante y la pena ha sido no matar. me hacía mucha falta un triunfo aquí y por eso, perderlo habiéndolo tenido tan cerca, me ha dado tanta rabia”. Así se expresaba el torero al finalizar su turno.

Y si quedó clara la disposición, actitud y aptitud del torero, quedan dudas, serias dudas, sobre la clase de aficionados que en la actualidad se las dan de tales y que van a la plaza con ideas fijas, con un esquema aprendido e incapaces de apreciar cualquier cosa que se salga del guión que se saben, perdiéndose muchos matices, tonos y hasta obras tan importantes como la que se comenta.

Lloró de rabia y por frustración Rafaelillo, que no pudo lograr un triunfo que quede reflejado en estadísticas y anales, sabedor de que la fiesta actual se mueve con otra vara de medir. Muchas han sido las veces que han salido a hombros diestros que sólo han cortado una oreja, o incluso ninguna. Pero eran otros tiempos, cuando había otra sensibilidad y no un dogmatismo férreo y tan exigente como intransigente.

Llora también todo aquel aficionado sensible y amante de verdad del toreo, que no da tanta importancia a las orejas como a lo que se hace ante el toro. Porque comprende que, tal y como está el negocio taurino, lo hecho por Rafaelillo puede que no tenga recompensa. Como no la tuvo tras su gran actuación en Valencia en julio del año pasado, quedando luego fuera de las siguientes fallas por un maquiavélico juego de manos e intercambio de cromos. Como no parece que la vaya a tener la gesta llevada a cabo por López Simón en la corrida del Día de la Comunidad de Madrid y que refrendó luego en San Isidro.

Nos desgañitamos pidiendo nuevos nombres, nuevos valores que refresquen e ilusionen a la gente y nos topamos luego, como Rafaelillo contra la barrera, con el filtro que imponen los que mandan en esto, que desprecian e ignoran a los que despuntan -¿dónde, cuándo, con quién torea José Garrido, novillero más destacado de la pasada temporada?- y ponen a los suyos y mantienen desde hace ya ni se sabe los años a toreros de tan poca gracia y menos méritos como varios de los que aparecen en todas las ferias sin que se sepa la razón, a no ser que haya algún interés que se escapa a la gente de la calle y que les da preferencia frente a quien sí demuestra que merece, al menos, sitio, una oportunidad y confianza.

Derramó amargas lágrimas, como las de Petra von Kant, Rafaelillo y también llora el toreo, que se ve manipulado por quien carece de sensibilidad y sentido de la justicia para hacer que este espectáculo se mantenga sano y vigoroso.

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