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Paco Delgado - 05/02/2015

Produce ya hastío -y preocupación, sí, mucha preocupación: ¿qué pasará, por ejemplo, en fallas, por ejemplo, cuando venga tanta gente de fuera y se encuentren con una marabunta a las puertas de la plaza, insultando y amenazando?- el tema de los antitaurinos.

Seguros de su fuerza e impunidad, nadie hace nada para detener su avance y sus acciones son cada vez más y más violentas, ya no se conforman con manifestarse pacíficamente de vez en cuando y lanzar sus soflamas, proclamas y sandeces -respetables, naturalmente- a quien quiera escucharlas. Ahora, perfectamente organizados y remunerados -hay hasta alguno de estos agentes que aprovecha su soldada para, precisamente, poder comprar una entrada e ir... ¡a los toros!-, su osadía es mayor y no hay acto que tenga que ver con la tauromaquia para que allí esté un piquete de estos energúmenos.

La última la han protagonizado en Barcelona, en Hospitalet, en el Tercer Congreso de Tauromaquia de Cataluña, evento organizado por UTYAC (Unión de Taurinos y Aficionados de Cataluña) -una organización modélica que dirige un hombre trabajador y capaz: Paco Piriz- que vio como su inauguración quedaba no diré que deslucida -no fue culpa suya- pero sí algo desagradable por los incidentes protagonizados por una docena de antitaurinos que se colaron por sorpresa, ante los abucheos del público que, con contundencia pero sin violencia, les desalojó. Porque la Fuerza Pública no estaba ni se la esperaba: no se había previsto, al parecer, que pudiera ocurrir algo así.

Sigo sin entender cómo se le da tanta cancha y tanto margen de acción a estos comandos de indocumentados que no saben ni entienden que la tauromaquia es una manifestación de nuestra cultura, ademas de algo intrínseco al ser español.

Aunque aquí podría estar la clave: no molesta tanto el hecho en sí de que haya corridas de toros, festejos y espectáculos taurinos, como el
que ello sea una inequívoca marca de lo español. Y ahí está el mal y el problema: molesta lo español.

Nos guste o no, lo asumamos o no, lo neguemos o no, miremos para otro lado o metamos la cabeza bajo el ala, eso es tan cierto como que a la noche sigue el día. El concepto de España irrita a no pocos - muchos de ellos dirigentes, o aspirantes a serlo- que tratan de difuminar cuanto pueden sus contornos y hacer desparecer sus señas de identidad. No hay más que ver lo reacios que son muchos de nuestros políticos a lucir y honrar-como hacen, por ejemplo, en Estados Unidos o en cualquier país civilizado y culto- su bandera, los abucheos a la misma en cuanto se tiene ocasión, la proliferación de banderas republicanas a la más mínima ocasión, como si la enseña rojigualda no fuese ni constitucional ni les representase, al margen de ser bastante más anterior a la tricolor -cuyo origen estriba en el desconocimiento de quienes la eligieron: los republicanos creyeron erróneamente que los colores de la bandera nacional representaban a la corona de Aragón, y pensaron que introduciendo el color morado en la suya representarían así a Castilla-, y, en fin, asimilándola a una época concreta y a un régimen determinado, evidenciando, una vez más, su incultura, mala fe y sí, digasmolo, espíritu revanchista.

Por ese sentimiento antiespañol de un muy significativo sector de la política catalana -al margen de la pasividad e inoperancia, ya sabida y consustancial al taurino, de los responsables de la cosa taurina en Cataluña- se perdieron los toros en Barcelona y algo parecido sucedió en San Sebastián. Y lo peor es que nadie se atreve a ir contra esta corriente. Todos quietos. Callados y protestando sólo cuando el
desastre esté ya consumado.

Sigamos, pues, sin hacer nada, intrigando únicamente para ver qué rascamos de aquí o de allí, sean votos, plazas o toreros, y cuando nos queramos dar cuenta ni habrá votos que emitir, plazas a las que acudir ni toreros a los que seguir. Ni España en la que vivir. 

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