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Paco Delgado - 09/07/2015

Si no fuera porque es grave y de consecuencias imprevisibles, lo de nuestros nuevos gobernantes -no todos: también hay alguno que está demostrando sentido común- es para echarse a reír. Y para detenerse a pensar un poco: ¿cómo es posible que se haya votado a semejantes botarates?

La nueva izquierda radical, al margen de dejar claro enseguida su falta de educación, sólo parece tener una obsesión: acabar con los toros. Pero ¿por qué? Para atacar una reforma tal, que atañe a una de las tradiciones más arraigadas y asentadas en nuestro país habría que atenderse a una exigencia multitudinaria -y real- por parte de la población. Y, que yo sepa, no es así, ni mucho menos. Los únicos que piden la abolición de la fiesta taurina son ellos, que en un cómputo general no pasan de ser cuatro gatos. Cuatro gatos que, eso sí, dan la tabarra a base de bien.

Buena parte de nuestra nueva tropa dirigente, entre otras muchas fobias, tiene metido entre ceja y ceja el cargarse los toros. Y no porque suponga maltrato animal ni demás zarandajas que esgrimen como paladines de una igualdad que nos equipara con las almejas o el   ornitorrinco. El quid de la cuestión es su profundo odio hacia lo que, para ellos, representa un valor de lo español, algo que les recuerda a una España de la que reniegan. Y ahí están los hechos: pisotean la bandera, pitan el himno y desprecian unas instituciones cuyos beneficios bien que aceptan luego sin remilgos.

Cuando en Cataluña se empeñaron en acabar con la fiesta, al menos, se molestaron en conseguir las firmas necesarias para organizar una ILP que tuviese refrendo parlamentario -sin que, por otro lado, la parte contraria lograse el mismo privilegio...-, pero ahora van ya por las bravas y a la fuerza: aquí mando yo. Y les importa poco, o nada, que en su ciudad o Comunidad Autonómica haya miles o millones de personas a los que sí gusta el espectáculo taurino ¿Quiénes son ellos para decidir tan alegremente lo que está bien y lo que está mal? El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona, pensaba Aristóteles, quien, además, opinaba que los sabios tienen las mismas ventajas sobre los ignorantes que los vivos sobre los muertos. O sea, que andamos en tiempo de zombies. Madre mía...

Una ignorancia, la suya, que evidencian a cada paso sin que les ponga la cara roja ni les dé la más mínima vergüenza. Un ejemplo: la nueva alcaldesa de la ciudad valenciana de Gandía, la socialista Diana Morant, ha decidido, vía testicular, no permitir que se celebre allí una corrida de toros porque, dice, que no hay tradición taurina en su pueblo ¿No hay tradición en Gandía, que tuvo durante muchísimo tiempo una plaza de madera que luego se hizo fija? ¿No hay tradición en Gandía, donde actuaron desde Joselito y Belmonte hasta Litri padre, que, incluso, nació allí? ¿No hay tradición en Gandía, cuando, fue en  su plaza donde debutaron los nuevos Camino y Litri? ¿No hay tradición en Gandía, donde desde hace varios años se dan corridas con figuras en la playa? y cuyos gastos corren por cuenta de una empresa privada, sin que el Ayuntamiento tenga que desembolsar más que la tinta del sello que autoriza esa celebración...

La ignorancia es la madre de todos los crímenes, escribió Balzac, que conocía bien al género humano (no en vano es el autor de La Comédie humaine, uno de los mayores proyectos narrativos de la historia de la literatura, 87 novelas e historias interconectadas que retrataban la sociedad de su tiempo). Claro que también es cierta y tiene su gracia la cita de uno de los músicos más inteligentes, ácidos y lúcidos de siempre, Frank Zappa: la estupidez tiene un cierto encanto del que la ignorancia carece. Y que cada cual encasille en una de estas   categorías a la edil gandiense. O a la de Alicante, la nueva responsable de la flamante Concejalía de Protección Animal -como si allí se despellejasen gatos en cada esquina o se disparase a los perros desde los coches...-, la gritona Marisol Montero, que se la tiene jurada a la fiesta y ha puesto fecha a su desaparición en aquella ciudad: dos  años.

Sea como sea, que Dios nos pille confesados.

 

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