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Paco Delgado - 02/04/2015

Hace unos días, con motivo de las fiestas falleras, Tendido Cero recuperó, con gran acierto -para valorar el presente es imprescindible conocer el pasado-, imágenes de la feria de fallas de 1965. Una feria aquella compuesta por cuatro corridas de toros y dos novilladas -en ambas estuvo el entonces novillero más prometedor de por aquel tiempo, Francisco Rivera “Paquirri”- celebradas entre el 14 y el 20 de marzo, aprovechando que el día de San José cayó en sábado.

Comparando la cartelería de una y otra -y no me refiero sólo a la gráfica: ¡menuda diferencia a favor de la de entonces!- se puede comprobar que aquel serial se confeccionó con tan sólo siete matadores, de los que cinco repitieron actuación -Julio Aparicio, Diego Puerta, El Viti, Jaime Ostos y Fermín Murillo- y cuatro encastes -uno distinto por corrida-: Conde la Corte, Carlos Núñez, Bohórquez y Álvaro Domecq. De momento, poco que ver con la actualidad. Tampoco el resultado artístico se puede comparar, puesto que de aquellas cuatro funciones, en tres se abrió la puerta grande.

Pero lo que de verdad sorprende, al ver las imágenes en la tele, es comprobar el trapío del ganado. Toros con unas cabezas que hoy no lucen ni siquiera en festivales y volúmenes que ya no se dan ni en novilladas de plazas de tercera. Ah, pero qué manera de pelear, qué forma de embestir, qué manera de luchar. Eran animales que no sobrepasaban los quinientos kilos y que se movían como anguilas, incansables. Pese a su, a ojos de hoy, poca entidad, eran toros con poder, capaces de derribar y hasta acabar con los caballos de picar - que ya lucían sus buenos petos- y hacían sudar a sus matadores, que no podían andarse con milongas ni pamemas si querían someterles. Toros a los que, en suma, había que torear y que hacían que, allá por agosto, el Sanatorio de Toreros estuviese al completo.

Por aquellos tiempos no se estilaba lo de programar la temporada de cabo a rabo ya en marzo, sino que las ferias se iban haciendo conforme acababan las precedentes, dando opción a que los triunfadores tuviesen el sitio que les iba correspondiendo conforme a sus logros y a pesar de que la nómina de figuras -figuras que aparecen en mayúsculas y subrayadas en los anales del toreo- era amplísima se daba sitio a las novedades y a los posibles. Se confeccionaban también las ferias dando a conocer, al tiempo que los carteles oficiales, una lista “para posibles sustituciones”, pues era corriente que los toros hiriesen. Aquel serial de 1965, por ejemplo, anunciaba dos tardes a Litri, que no pudo estar al ser herido unos días antes en Huelva, donde se le había impuesto la Cruz de Beneficencia.

¿Y qué sucedía otros cincuenta años atrás? Bueno, entonces no había feria para fallas, pero, por ejemplo, en Valencia se daban toros en cuanto remitía el frío, es decir, desde marzo y hasta casi Navidad, todos los domingos y fiestas de guardar y hasta algún día entre semana, siendo la de julio su gran feria -la gran feria en la que se inspiraron todas las actuales- y mayor escaparate. Y por entonces también se anunciaban las principales figuras y ante toros que todavía no habían empezado a ser seleccionados con arreglo a los criterios que la tauromaquia de Gallito -de fondo- y Belmonte - formal- impondrían para décadas siguientes y que protagonizarían el período más duro, sangriento y heróico de la historia del toreo, hasta que la guerra civil acabó con todo, toros y ganaderías incluidas. De nuevo se comprueba que el toro era la base y en torno suyo donde giraba la esencia de un espectáculo que, cien años después, sigue fascinando, a pesar de que el toro, a la vista de estas fallas recién vividas, haya crecido -mucho- en tamaño y disminuido -mucho, mucho más- en fiereza, acometividad y bravura, siendo la emoción que aportan al espectáculo prácticamente nula.

¿Y qué sucederá dentro de cincuenta años? Es difícil predecir tal cosa, pero a la vista de los acontecimientos, y como no se tomen cartas en el asunto, que de momento parece que no, la emoción en las plazas de toros la pondrán los antitaurinos. 

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